Una vez dije “nunca”.
Con rabia, con tristeza, con el corazón roto.
Dije “nunca más”, y sentí que algo en mi interior se cerraba para siempre.

En aquel momento me pareció una muy firme –definitiva– decisión, como si aquella palabra pronunciada de forma tan rotunda –y osada– pudiera protegerme ante el dolor, la decepción o de volver a tropiezos del pasado.
El tiempo –ese gran maestro– nos enseña sin solicitar permiso.
Es así como aprendemos que “nunca” es una palabra ciertamente mentirosa.
Entre ese “nunca” y el “ahora” ocurren a menudo muchísimas cosas, tantas y tan rápido que dejamos de reconocernos en aquella persona que algún día exclamó “nunca” con tanta seguridad.
He vivido demasiadas veces los “nunca” rotos y esa es la mejor manera de llegar a entender la futilidad de pronunciar semejante palabra.
Dije que nunca volvería a hablar con aquella persona, y una noche cualquiera me la encontré al otro lado de la línea.
Dije que nunca volvería a confiar, y un día me descubrí dejando que alguien viera partes de mí que ni yo mismo entendía.
Dije que nunca me iría, y me fui.
Dije que nunca regresaría, y allí estaba otra vez.
La vida, tiene una extraña manera de acomodarlo todo.
Y en su enseñanza comprendes que entre el dolor y la calma, entre la rabia y el perdón, entre la huida y el regreso, hay un inmenso espacio.
Y en ese espacio es donde todo puede pasar.
Y ahí fue, entre el “nunca” y “ahora” donde todo pasó.
Apagué mis infiernos internos con mis lágrimas.
Conseguí enojarme con el mundo, con los demás, incluso conmigo mismo.
Sentí el estancamiento de la vida.
Pero, lentamente –muy lentamente– comenzaron a ocurrir pequeñas cosas que fueron abriendo grietas en mis certezas.
Aquella canción que hacía años había proscrito de mis escuchas y que me obligo a sonreír otra vez.
Aquel aroma que consiguió transportarme a los más bellos recuerdos.
Esa conversación inesperada.
Esa noche en la que muy a mi pesar conseguí dormir en paz.
No es el tiempo quien todo lo cura, es lo que hacemos con ese tiempo que tenemos a nuestra disposición.

Es cada pequeño acto que nos mueve un milímetro hacia otro lugar.
Algunas veces es alguien que nos tiende la mano.
A veces es el simple hecho de estar vivos un día más y atrevernos a mirar a la vida de frente.
Hoy ya no uso la palabra “nunca” con tanta facilidad y me alegro cada día por ello.
Entendí que decir “nunca” es negar la posibilidad de lo imprevisible, de lo que todavía no se ha dicho, no se ha sentido o no se ha vivido.
Una parte de mí sigue creyendo en aquellos finales definitivos, en las despedidas sin retorno.
Pero está esa otra parte que ha aprendido que todo está en constante movimiento.
Que la vida es cambio.
Que lo que hoy duele, mañana puede sanar.
Que lo que hoy parece lejano, mañana puede estar ahí, frente a nosotros.
Que el amor, la paz, la comprensión, la valentía… todas esas cosas pueden volver a brotar incluso en los terrenos que creíamos secos –yermos–.
Así que ahora, cada vez que me sorprendo pensando en decir “nunca”, respiro hondo.
Pienso en todo lo que ya cambió sin que mi intervención significase absolutamente nada.
Pienso en las veces que la vida me contradijo, para bien.
Y me digo: “espera”.
Porque sí… entre ahora y nunca pueden pasar muchas cosas.
Y si algo he aprendido, es que la vida “nunca” deja de sorprender.
Además de "nunca", también tenemos que añadir "siempre". Y al menos el margen de error y contradicción se reduce.
Hola, Javier, cuánta razón. Efectivamente, el tiempo todo lo cura, pero todo depende de lo que hacemos con ese tiempo. Y sí, los nunca y los siempre (como dice Cabrónidas) hay que pensar mucho antes de decirlo.
Por aquí tenemos un dicho que dice: nunca digas nunca y este cura no es mi padre…
Un abrazo. 🙂
¡Javier! He sentido tu texto más que leerlo. Ese repaso a los “nuncas” que se nos caen cuando menos lo esperamos me ha dejado con una punzada en el pecho y una sonrisa cómplice, porque todos, de una forma u otra, hemos renegado del pasado con voz firme… solo para encontrarnos de nuevo allí, años después, más humanos, menos seguros, y un poco más abiertos.
Lo cuentas con una calma que abriga, con una honestidad que no grita pero que retumba. Y me quedo con esa idea que dejas al final: que la vida no obedece a nuestras palabras tajantes, sino que fluye, desmonta certezas y nos regala giros inesperados. A veces, eso que juramos no volver a mirar es justo lo que más necesitamos reencontrar.
Gracias por este texto, por invitar a reconciliarnos con lo que cambia, incluso cuando creíamos haber cerrado la puerta para siempre.
¡Un abrazo, compañero!
Buenas Javier
Cuando tienes el vacío bajo los pies y todo parece perdido, es fácil caer en ese "nunca". Pero hay un punto en el tiempo, inesperado y caprichoso, donde todo cambia. No sabemos si lo buscamos o aparece, pero siempre acaba llegando.
Esto lo sabemos quienes hemos mirado al abismo de frente. La respuesta a ese "nunca", la tiene el tiempo. Y a veces, nos sorprende.
Un abrazo