Nadie, absolutamente nadie, está a salvo de la poesía.

No necesita permiso para entrar.

Llega suave, como esa brisa que se cuela por tu ventana en la madrugada, o intensa, como el escalofrío que deja una caricia inesperada.

La poesía es ese susurro que sedimenta en tu alma cuando menos lo esperas, ese estremecimiento que te atraviesa al ver una mirada, al oír un nombre, al recordar un olor.

Y entonces uno comprende: la poesía no vive sólo en los libros, vive en nuestro interior.

La poesía es íntima, como un secreto que no se puede decir en voz alta.

Es ese lenguaje al que nos abrazamos cuando ya no nos alcanzan las palabras.

Está en el amor que nos desborda, sí, pero también en aquel amor que se fue, en el que no pudo ser, y en el que aún no ha llegado.

Está en esa soledad compartida, en ese silencio que se entiende sin hablar.

Es ese tremor en tu pecho cuando la ves y sientes que el mundo se detiene un instante.

Hay momentos en que no la reconocemos –al menos inmediatamente– creemos que es nostalgia, deseo o tristeza… Sigue siendo poesía, aunque disfrazada de emoción.

Es esa manera en que nuestro corazón tiembla por dentro, sin molestar, sin hacer ruido.

Es la forma en la que el tiempo parece suspenderse cuando algo nos toca de verdad.

La poesía no se aprende, se recuerda.

Está en esa voz que te arrulló siendo niño, en aquellas palabras torpes del primer amor, en la despedida que nunca supimos afrontar.

Es la piel que aún guarda memorias, es el alma que sigue buscando su propio eco.

No, nadie está a salvo de la poesía.

Porque no busca ser entendida, no intentes entenderla, debes sentirla.

Todos nosotros llevamos una grieta –en algún rincón de nuestro pecho– por donde entra la luz y por donde –sin remedio posible– se desliza ese verso loco.

Y en ese breve instante, aunque no sea más que un suspiro, el mundo entero parece tener sentido.

2 comentarios

  1. Ayyyy, Javier, me acabas de tocar el alma. ¡Qué bonito! Sí, totalmente de acuerdo. La poesía es vida, diría yo. El año pasado tuve la sana costumbre de leer un libro de poesía al mes. Este año, no sé si el tiempo, las circunstancias o no sé qué, me han impedido leer ese libro de poesía al mes y reconozco que me falta algo. A ver si vuelvo a esa sana costumbre, creo que lo necesito. Y tu texto me lo ha revelado. Felicidades por tan bonita entrada.
    Un abrazo. 🙂

  2. ¡Javier!
    Qué verdad tan bien contada: nadie está a salvo de la poesía. Y mucho menos cuando se escribe así, desde dentro y sin artificios.

    Me ha encantado cómo vas desmontando esa idea de que la poesía es algo lejano o “para entendidos”. Aquí la muestras como lo que realmente es: algo que nos pasa. Que se mete en la piel sin pedir permiso, como bien dices. A veces parece tristeza, otras deseo, pero siempre tiene esa forma rara de llegarnos tan adentro.

    Y ese cierre… esa grieta por donde entra el verso. Qué imagen tan certera.
    Me ha encantado, compañero.
    ¡Un abrazo!

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