Cuatro años desde la última vez que apareciste en mis sueños.
Cuatro años sin que tu voz resonara en los laberintos de mi inconsciente, sin que tus ojos inventados me miraran desde aquel rincón oculto que creía eterno.

Al principio fue una ausencia silenciosa, como una brisa que se desvanece.
No podía notar tu partida.
Con el paso del tiempo, suavemente, tu ausencia comenzó a pesar más que tu recuerdo.
Soñar contigo era mi forma de mantenerte viva, de sostenerte en esa íntima dimensión en la que aún podía hablarte sin ese maldito dolor que implica saber que ya no estás.
Eras mucho más que un recuerdo, una presencia.
Esa sombra amable que visitaba mis noches y que intentaba calmar mis días.
Aquellas apariciones eran tan vívidas que despertaba creyendo que aún podías volver, que la distancia entre la muerte y la vida era solo cuestión de cerrar los ojos.
Y luego, aquel día, nada.
El silencio se instaló también en mis sueños.
Y entendí que tu ausencia se había profundizado, que incluso mi subconsciente –ese que se aferraba– había comenzado a dejarte ir.
No hay fecha exacta para esa última vez que te soñé.
Solamente sé que un día desperté y fui consciente de que llevábamos mucho tiempo sin encontrarnos.
En estos cuatro años, he aprendido a vivir con esa otra forma de pérdida.
No solo la de tu presencia física, sino la de tu imagen onírica.
Es una muerte dentro de la muerte, dejar de soñar contigo es como perderte de nuevo, pero esta vez en un plano más íntimo, más mío.
¿Soñar con alguien es una manera de que el alma diga “todavía no”?, ¿un modo de resistirse al olvido?
Y si es así entonces, ¿qué significa dejar de soñar? ¿Resignación? ¿Sanación? ¿O es simplemente el paso natural del tiempo que va limando las aristas del duelo?
He intentado provocarte, invocarte antes de dormir, mirando tus fotos, recordando tu voz, repasando historias.
Pero nada produce un resultado positivo. Como si incluso los sueños hubieran decidido descansar.
Cuatro años sin soñarte me han enseñado que el amor no desaparece, solo se transforma.
Ahora mismo ya no necesito verte en sueños para sentir que sigues siendo parte de mí.
Estás en mis gestos, en mis silencios, en la forma en que abrazo lo que me queda.
Tal vez, sin saberlo, tú también has aprendido a descansar de mí.
Quizás un día vuelvas. No lo espero, pero tampoco lo descarto.
Por ahora, acepto este vacío.
Cuatro años sin soñarte, pero con el corazón lleno de todo lo que fuiste.
Y aunque el sueño se haya adormecido, el recuerdo sigue hablando.
Y en él, todavía vives.
Javier, no sé si llamarlo relato o carta o confesión. Es todo eso y más. Has tejido una despedida silenciosa y al mismo tiempo llena de presencia, donde lo que duele no es solo la ausencia física, sino esa segunda pérdida —la de lo onírico— que tan pocas veces sabemos poner en palabras.
Me ha conmovido esa idea de que soñar es una forma de decir “todavía no”. De resistirse al olvido desde ese rincón íntimo e indomable que es el subconsciente. Y más aún, la aceptación de que también los sueños, como todo, tienen su propio duelo. Dejar de soñar con alguien que amamos puede doler incluso más que el silencio del día.
Hay algo tremendamente humano en lo que has escrito: esa búsqueda de señales, de volver a ver, aunque sea una silueta en la penumbra del sueño, esa invocación con los ojos cerrados, con la foto entre las manos… y al final, solo el vacío que se convierte en memoria. Me he reconocido ahí. Seguro que muchos lo haremos.
Tu texto no solo habla del duelo, sino de cómo el amor se transforma. De cómo dejamos de aferrarnos sin dejar de querer. Porque tal vez no hay olvido, solo otras formas de amar en ausencia.
Gracias por este regalo. Has puesto palabras a lo que tantos hemos sentido y callado.
Un abrazo fuerte, Javier. Y ojalá, algún día, regresen los sueños… aunque solo sea para que sepan que seguimos aquí.
Me has dejado sin palabras.
Gracias.
La sensación del duelo no solo es carga, sino que parece infinita, pero se acaba por marchitar y cae. Para que tal cosa suceda basta con tener recuerdos y ser agradecidos por lo vivido.