Perfectamente imperfecto

Aquella noche –mientras jugueteabas con mis dedos– lo soltaste.

— ¿Sabes? A veces tengo la impresión de que lo nuestro no tiene sentido alguno.

Retiré mi mano instintivamente, y un nudo repentino en el estómago solamente me permitió balbucear.

— ¿Por qué?

— Porque somos tremendamente distintos, es como si el universo –ese que nunca se equivoca– hubiese hecho un nefasto cálculo. Tú –siempre ahí– con tu calma infinita y yo lidiando siempre con mis tormentas.

Al escucharla, sonreí acariciando su mejilla.

— O quizá el cálculo fue certero, perfecto, porque ahora mismo aquí estamos. Juntos.

Suspiró, apoyando su cabeza en mi pecho.

—Sí, juntos… perfectamente imperfectos.

—oOo—

Una tarde, con aquellos hermosos ojos brillando enfurecidos y tan tiernos a la vez bufaste.

— Te odio un poquito.

—¿Por qué ahora? —reí, aunque por dentro temía sus palabras.

— Porque siempre encuentras la manera de desarmarme. Ahí llego yo con mis argumentos bien ensayados y entonces tu mirada me dice que “todo va a estar bien” y se me olvida por qué estaba molesta.

— Ya, pero es que no puedo discutir contigo si no es para acabar abrazándonos.

Te mordiste el labio inferior, intentando reprimir esa sonrisa tuya, mortal.

— Perfectamente imperfecto –susurraste– y te lanzaste hacia mí acabando entre mis brazos.

—oOo—

— Oye, ¿tú dirías que vamos a durar? –lo preguntaste de madrugada, creyendo que yo dormía.

Abrí los ojos y encontré tu rostro pegado al mío haciéndome sentir como tu respiración se mezclaba con la mía.

— Pues no lo sé, pero lo que sí tengo claro es que ahora mismo solamente deseo estar aquí, contigo.

Temerosa, insististe.

—¿Y si mañana ya no sentimos lo mismo?

—Entonces mañana volveré a mirarte, volveré a elegirte, para volver a enamorarme otra vez.

Cerraste tus ojos y una silenciosa lágrima rodó mejilla abajo.

—Eres un maldito idiota por decirme esas cosas tan bonitas.

—Y tú eres perfectamente imperfecta por llorar cuando sonríes —te dije, secándote aquella lágrima con mi pulgar.

—oOo—

—No somos una pareja normal, ¿cierto? —dijiste mientras caminábamos por la calle, sin soltarnos la mano.

—¿Qué consideras tú una pareja normal? —pregunté, divertido.

—No sé… esos que no pelean tanto, que no tienen tantas rarezas. Que no inventan palabras secretas para decir “te amo”.

—Pero nuestras rarezas son mi parte favorita —contesté—. Me gusta que inventemos idiomas íntimos, nuestros, sin métricas. Que compartamos canciones que nadie más entiende. Que el mundo allá fuera no comprenda lo que tenemos.

Sonreíste, mirándome con esos ojos que siempre parecían descubrir un tesoro en mí.

—¿Sabes qué? Tienes razón. No somos normales. Somos… perfectamente imperfectos.

—Y no lo cambiaría por nada.

—oOo—

—¿Por qué siempre me perdonas tan rápido? —preguntaste un día, después de una discusión que terminó con lágrimas.

—Porque prefiero abrazarte a tener la razón.

Te quedaste callada, bajando la mirada. Luego me miraste, y tus ojos estaban llenos de esa mezcla tuya de valentía y miedo.

—Yo… tengo tanto miedo de arruinar esto.

—No importa si lo arruinamos un poco —te aseguré—. Siempre podemos reconstruirlo. A veces el amor es eso: ver cómo algo se rompe y tener el valor de volver a armarlo, aunque quede con cicatrices.

—¿Cicatrices bonitas? —preguntaste, esbozando una sonrisa tímida.

—Las más bonitas del mundo —te respondí, besando tu frente.

—oOo—

—¿Me prometes algo? —susurraste una noche, cuando el mundo parecía detenerse solamente para nosotros.

—Lo que quieras.

—Promete que, aunque todo cambie, recordarás esto. Lo que somos ahora. Lo perfectamente imperfecto que es lo nuestro.

—Te lo prometo. Prometo recordarlo siempre.

—Porque yo… yo sé que puede que un día ya no estemos aquí. Que la vida nos lleve por otros caminos.

—Puede ser —asentí, aunque me dolía admitirlo.

—Pero quiero que sepas que, si eso pasa, para mí siempre serás ese pedacito de caos hermoso que me hizo creer en el amor.

Te apreté contra mí, deseando que ese instante compitiese con la eternidad.

—Y tú siempre serás mi certeza en medio del desorden. Mi imperfecta perfección.

Te reíste, limpiándote una lágrima antes de besarme con esa mezcla de pasión y fragilidad tan tuya. Y entendí que, sin importar lo que el futuro trajera, lo nuestro quedaría grabado para siempre en ese rincón del alma donde habitan los amores que, aunque no sean eternos, son inolvidables.

Porque lo que teníamos era, sin duda, perfectamente imperfecto.

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *