Hay cosas que no se anuncian.
Llegan sin avisar, como las tormentas de verano. O como esa canción que de repente te pone delante a alguien. Alguien que ya no está. Sin pedir permiso. Sin darte tiempo a prepararte.
Y sin embargo, cuando llegan, lo cambian todo.
La vida avanza a una velocidad que da vértigo. Consumes tus días sin darte cuenta, acumulas horas como si fueran monedas sueltas en el bolsillo de un abrigo viejo. Y de repente, un día cualquiera, algo te frena en seco y te obliga a mirar hacia atrás.
Ahí están. Los recuerdos. Quietos, silenciosos, esperándote.
Nadie te enseña a querer de verdad. Eso también llega solo. A veces en el lugar más inesperado —una ciudad que huele a historia y a café recién hecho, un callejón empedrado donde el tiempo parece haberse detenido a propósito—. Y allí, entre tanta gente y tanto ruido, de repente solo existís vosotros dos.
Eso es lo extraño del amor. Que con millones de personas a tu alrededor consigue hacerte sentir que el mundo se ha reducido exactamente a lo que necesitas.
Hay personas que llegan como un cuento de hadas. Lo sabes desde el principio, aunque no te lo creas del todo. Tienen algo difícil de explicar —nobleza, luz, calidez— que te hace pensar que la vida, cuando quiere, también sabe ser generosa.
Y te dejas llevar.
Años sencillos. Proyectos compartidos, viajes de la mano, mañanas sin nada especial que, en realidad, lo eran todo. Eso que suele pasarse por alto cuando se vive… y que solamente se ve bien cuando ya ha pasado.
Porque los círculos se cierran. Siempre.
Hay un momento —y quien lo ha vivido lo reconoce al instante— en que te das cuenta de que estás cerrando algo. No siempre con dramatismo. A veces sin palabras, en un lugar que ya conocías, con aquella misma brisa de siempre. Solo que esta vez es distinto. Porque esta vez es la última.
Y después cae el peso del silencio.
No el silencio vacío. El otro. El que pesa porque está lleno de todo lo que fue.
Benedetti lo decía bien: cuando creíamos tener todas las respuestas, nos cambiaron las preguntas. Y es verdad. La vida no te avisa de los giros. Solo te los pone delante y espera a ver qué haces.
Quédate conmigo, has pensado alguna vez. O lo has dicho. O lo has gritado por dentro sin que nadie lo oyera. Y la vida, sorda como siempre, ha seguido moviéndose.
Pero el valor de lo vivido no desaparece con el final.
Eso queda. Las mariposas de aquel primer viaje. La luz colándose entre los rizos de alguien. Un retrato hecho a vuela pluma en una plaza. Aquellos momentos que parecían pequeños y que resultaron ser enormes.
La vida puede depararte muchas alegrías todavía.
Solo tienes que estar atento.
Y, de vez en cuando, atreverte.

Hola, Javier, así es la vida no avisa y, de repente, te pega unos giros que ni la noria. Solo hay que coger el toro por los cuernos y tirar hacia delante, no queda otra.
Un abrazo.
A veces solo queda esperar los últimos acontecimientos, dolorosos, pero a sabiendas de que se ha sido muy feliz en el pasado. Triste pero lo que hubo de felicidad, siempre quedará en la memoria, en esa habitación, en el tacto de esa mano cogida con amor… Me gustó leerte.
Un abrazo