En algún momento cometió un error.
No fue uno de esos errores que se notan desde el principio.
Fue de los otros. De esos que parecen normales cuando los cometes, de esos que casi ni recuerdas cómo comenzaron, y que solo entiendes cuando ya es muy tarde y la puerta ya se ha cerrado.
Lo perdió todo.
Y lo curioso… es que no hubo un momento dramático.
No hubo portazo, ni un grito que lo explicara todo.
Solamente un silencio que fue acrecentándose, como el agua que entra despacio por debajo de una puerta, sin que nadie se percate de lo que está por ocurrir.
A veces todavía repasa esa tarde.
Aquella frase que dijo mal. O la que no dijo.
El gesto equivocado en el momento menos indicado. Como si pudieras encontrar el instante exacto donde todo se torció, aquella pequeña grieta que nadie vio antes de que el tejado entero se viniera abajo.
No consigue encontrarlo. Nunca lo encuentra.
Porque los errores que de verdad duelen no tienen un nombre claro. No son un día concreto. Son muchos días pequeños donde no estuviste, donde miraste hacia otro lado, donde dejaste que algo importante se muriera de sed sin darte cuenta.
Ahora lo sabe.
Y saber no sirve de mucho, pero al menos es algo. Al menos ya no miente cuando alguien le pregunta qué pasó.
Pasó que en algún momento dejé de cuidar lo que más quería.
Y eso… eso no se hereda. Se elige. Aunque cueste creerlo.

Hola, Javier.
A veces, los errores, suelen ser un cúmulo de imperfecciones reiteradas. Y se echa la vista atrás sin encontrar ese punto de inflexión. Pero es obvio que en algunos momentos no se cuido la relación. Y pasa el tiempo impredeciblemente. A veces, las respuestas no se encuentran sin un análisis hondo, preciso. Me gustó esta historia. Porque es más común de lo que parece.
Un abrazo