Ganar una guerra, perder una vida

Nadie te avisa de que se puede ganar una guerra y perderla casi en el mismo instante.

Habías dejado de contar. Era un día cualquiera, otro más, con el café y la luz entrando de lado.

Precisamente eso era estar vivo, no tener que llevar la cuenta de los días.

Ella estaba allí. Eso lo recuerdas bien.

Y luego, sin querer, empezaste otra vez. Pero ya no eran tus días. Eran los de su ausencia. Uno, dos, tres… sin un final que esperar, sin ningún alta al otro lado.

Es raro. Tú te quedaste cuando tenías todas las razones para irte. Y la viste marchar a ella, que tenía todas para quedarse.

A veces, muy bajito, te preguntas por qué a ti sí.

Su taza sigue en el armario. Sus llaves, dejadas en cualquier sitio, todavía te buscan en la entrada. No sabes con qué derecho moverlas.

Te da rabia.

Y a la vez agradeces cada mañana, cada ola, cada tarde larga. Las dos cosas a la vez, sin que ninguna le gane a la otra… porque te arrancaron un trozo de corazón, sí, pero el que quedó sigue latiendo por los dos.

Te devolvieron el tiempo.

Sin ella, el tiempo se vuelve lento, gris, plomizo.


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