Sentimientos en jaque

Hay una partida que nadie ve.

Una que se juega cada noche, cuando sostienes el móvil en tu mano, cuando el resto del mundo duerme y tú sigues despierta enganchada a esa pantalla que no te mira.

En el ajedrez aprendes pronto que cada movimiento deja algo atrás. Cuando un peón avanza ya le resulta imposible volver. Y aun así seguimos empujando piezas con una inusual sutileza, como si el tablero fuera de cristal.

Con las redes ocurre algo parecido. Mostramos nuestras jugadas más bonitas. Esa foto de aquel café, el atardecer, o esa frase que suena inmensamente bien.

Pero escondemos las otras, esas que de verdad decidieron la partida, aquel silencio de las once, el mensaje que escribiste y nunca te atreviste a enviar, o ese nombre que… lloraste durante un minuto entero antes de bloquear la pantalla.

Antes, querer a alguien era sentarse enfrente. Observar cómo pensaba. Cómo se mordía el labio inferior delicadamente antes de mover la torre, aunque supiera perfectamente adónde iba.

Ahora te quieren a distancia, a pequeños sorbos, en mínimos gestos de usar y tirar. Un corazón rojo. Una visualización. Un «visto» que duele más que una despedida…

Y tú, que ya sabes lo que cuesta una ausencia, te preguntas si eso es estar o solamente parecerlo.

Porque en el ajedrez hay algo que nadie te enseña. El jaque no es lo difícil. Lo difícil es el final, cuando quedan pocas piezas en el tablero y ya no queda lugar donde esconderse. Un rey y poco más. Y enfrente, alguien que te ha visto jugar todas las partidas.

Y eso es lo que no cabe en ninguna red social. Que alguien se quede cuando ya no hay nada que enseñar.

Me da pena lo mucho que fingimos. Y a la vez me parece casi tierno… ese empeño nuestro en parecer fuertes, cuando lo único que queremos es que alguien nos diga, muy bajito, que no es necesario.

Quizá querer sea algo como dejar de calcular la jugada.

Y mover tus piezas, simplemente, hacia donde está el otro.


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