Nadie recuerda las tardes templadas

La pasión no se presenta lentamente.

Te asalta.

Te desordena la casa por dentro.

Y de repente estás viviendo a otro ritmo, un ritmo que no habías elegido pero que ya te ves incapaz de soltar.

Es realmente curioso lo que provoca la pasión.

Esa intensa pasión no añade horas al día… las estira.

Un rato de cuarenta minutos que se siente como una tarde entera. Una conversación en la cocina que te ocupa el pecho durante semanas.

Y sí, quema. Claro que quema.

Yo he aprendido a desconfiar de lo tibio. De esas cosas que se quedan a medias sin que pase nada. De esa gente meliflua que nunca se despeina.

Porque lo tibio no deja huella. Y lo que arde, aunque duela, siempre te deja algo. Una marca. Esa forma nueva de mirar el mar por las mañanas.

A veces pienso que la intensidad es solo otra manera de decir presencia. Estar ahí, del todo. Nada de a medio gas, no con la mitad de la cabeza en otra parte. Estar sí, estar.

Y eso da miedo, no te voy a mentir.

Porque cuando te entregas así, cuando pones todo lo que tienes encima de la mesa, ya no hay red de seguridad. Si se acaba, se acaba entero, te destroza. No queda absolutamente nada de ti a salvo esperando fuera.

Pero también.

También están esas noches que se quedan a vivir contigo.

El modo en que alguien dice tu nombre cuando le importa de verdad.

Ese temblor pequeño antes de decir algo que no tiene vuelta atrás.

Nadie, absolutamente nadie, recuerda las tardes templadas.

Recuerdas la vez que te jugaste algo.

La vez que dijiste lo que sentías sabiendo que podía salir mal.

La vez que corriste sin saber muy bien hacia dónde.

Y me da vértigo pensarlo… y a la vez me parece lo único que merece la pena.

Vivir con la intensidad puesta no es un defecto de carácter. Es una forma de estar despierto.

Aunque después toque recoger los pedazos.

Aunque después duela.

¿Arde?

Deja que arda.


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