Piel sobre piel

Nadie te explica lo que es hasta que llega ese momento, inevitable, en que la echas de menos.

¿Es un instinto?

Piel sobre piel, un gesto automático que se hace sin pensar.

Ahora sé que una caricia es un idioma entero.

El más antiguo de todos, quizás.

Se habla sin palabras y aun así dice más que cualquier frase larga que te hayas preparado.

Una caricia es esa mano que se demora un segundo más de lo necesario sobre tu mejilla.

Es el pulgar que recorre los nudillos mientras el resto del cuerpo mira hacia otro lado, distraído, como si no importara. Pero importa. Vaya si importa.

Una caricia, esa caricia, nos desarma. Anula nuestras defensas sin pedir permiso.

Hay caricias que calman, como esas que te tranquilizaban cuando niño y no conseguías dormir.

Hay otras que encienden algo, que te regresan a todo aquello que llevabas dormido.

Lo más curioso es que el cuerpo las recuerda. Aunque tu mente ya no quiera.

Un roce parecido, un gesto casi idéntico, y todo lo vivido se presenta ante ti.

El sofá de un domingo cualquiera, su cabeza reposada sobre mi hombro, el silencio cómodo de no tener que decir nada porque las manos ya se encargaban de decirlo todo.

Y ahora… ahora hay una ausencia eterna.

Dolor.

Entre el dolor y la nada, prefiero el dolor. Siempre el dolor.

Porque el dolor significa que hubo algo antes, que alguien estuvo ahí, que una piel aprendió la forma de otra piel.

La nada no deja nada. El dolor, en cambio, deja memoria. Y la memoria, aunque dolorosa, sigue siendo una sutil forma de acariciarte.

Así que, definitivamente, sí.

Prefiero recordar la tibieza de una mano sobre la mía, aunque ya no vuelva, antes que no haber sentido nunca ese refugio.

Eso también es una caricia, un refugio que anida en tu memoria, en tus recuerdos aunque ya nunca…


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