El café en grano o molido –el de toda la vida– requiere más tiempo y control por nuestra parte, a cambio nos ofrece un mejor sabor y es más versátil que el café en cápsulas, esa nueva tendencia que ofrece pulsar un botón y a cambio te dispensa un sorbo de no sabemos qué y además genera una buena cantidad de residuos.
Al igual que ese café encapsulado, a veces topamos con gente que disfruta de su –perfecta– vida encapsulada.
Esa que vive inmersa en los límites que les impone el miedo, la rutina o su falta de expectativas.
Es una vida que se nos muestra protegida, segura y predecible aunque la realidad es que no es más que una existencia prisionera –resignada– en una burbuja de conformismo.

Es esa vida que nos puede parecer ordenada, –incluso exitosa– pero en el interior de esa burbuja se arrastra una voz silenciada que –si es sincera consigo misma– sabe que anhela libertad.
Porqué la vida –la verdadera– no es despertar, trabajar, cumplir con obligaciones y regresar al mismo lugar sin cuestionar nada.
Pero te has acostumbrado a seguir el camino ordinario, ese que nos susurra, ahora toca estudiar, después trabajar, formar una familia y jubilarte.
Y has olvidado preguntarte si es eso lo que realmente quieres, lo que deseas.
La cápsula –tu cápsula– se refuerza cada día con tu miedo a abrirte, a fracasar o a ser juzgado por los encapsulados –felices de serlo– que te rodean.
Tus pasiones se atesoran como frágiles objetos en un estante polvoriento, esperando una ocasión que rara vez llega.
En tu vida encapsulada, el riesgo es tu enemigo.
Evitas lo desconocido, lo espontáneo y todo aquello que amenaza con alterar tu aparente estabilidad.
Una decisión, cualquier decisión la afrontas con miedo o simplemente das un rodeo.
El tiempo juega a la contra, el correr de nuestro tiempo endurece esa cápsula y hace que romperla sea más improbable a cada día que pasa.
Entonces, ¿romper la capsula?
No es fácil, necesitarás coraje, explorar exhaustivamente tu interior y especialmente sinceridad.
Mirar frente a frente tu tristeza disfrazada de estabilidad y decidir que fuera estarás mejor, que es ahí fuera donde encontrarás espacio para tu crecimiento, para equivocarte, para reírte y sobretodo para vivir sin guiones prestados.
Basta con que abras una pequeña rendija, que tengas una conversación honesta, una caminata sin aparente destino, una carta manuscrita a alguien que la merezca.
Pequeños pasos pero poderosos que contribuirán a romper el sello de tu aislamiento, de tu particular cápsula, dejando así que se cuele el aire fresco, un aire que propiciará el regreso del color a tu vida, a tu vida real.
Será un nuevo comienzo en el que tu vida será menos perfecta, quizás más caótica, pero seguro que profundamente auténtica.
Y ese cambio, aunque duela, vale infinitamente más que una existencia estéril bajo un vidrio.
P.D.: Pásate al café de toda la vida.