Los recuerdos más amargos,
los que duelen hondo, sin razón ni tiempo,
se suavizan cuando, sin entenderlo,
se escapan en medio de un silencio.
Esos días grises, tan callados,
que en el pecho guardamos como un eco,
se transforman cuando son contados
a un amigo que los oye sin pretexto.
No cura, no borra, no resuelve,
pero escucha con el alma abierta,
y el dolor, que era todo y que envuelve,
de pronto se siente menos cerca.
Compartir no transforma lo vivido,
pero el peso que se reparte, pesa menos,
y el nudo que aprieta un corazón herido
se afloja entre suspiros y recuerdos.
Surge a veces una risa entre las lágrimas,
un suspiro que acaricia el pensamiento,
porque el alma se siente acompañada,
y el pasado, menos frío en su momento.
La amistad no borra cicatrices,
pero las besa con su comprensión,
y los días más oscuros, grises,
se tiñen de una nueva emoción.
Así, los recuerdos más amargos,
cuando se comparten, cambian su sabor.
No son dulces, pero ya no son tan largos.
Se vuelven agridulces… y portan amor.
Hola, Javier, con forma de poema, te ha quedado muy bien, tiene ritmo y el tema es muy bonito: la amistad que cura, un poco, al menos; que está ahí cuando lo necesitamos y sirven para compartir recuerdos, experiencias que, al final, se acaban transformando en cariño.
Un abrazo. 🙂
Supongo que al final todo se reduce a aprender a vivir con las heridas, cicatrizadas o no. Aunque bien pensado, no sé hasta qué punto se aprende algo así. Al final la noche te encuentra solo con tu dolor, y hay quienes logran soportarlo, y otros no.
Javier, este texto me ha tocado como una caricia inesperada en medio de un día gris. Lo leí en silencio, y en ese silencio sentí que alguien me acompañaba. Hay algo profundamente humano en tu forma de nombrar el dolor sin dramatismo, con ternura, como quien se sienta al lado de una herida sin intentar cerrarla, solo para que no esté sola. La imagen de la amistad que no borra cicatrices pero las besa… me pareció de una belleza serena, y me recordó que no siempre necesitamos respuestas, a veces basta con una presencia que no juzga, que escucha, nos lleva a pensar en las veces que he compartido mis propios nudos, y cómo, sin saberlo, alguien los aflojó solo con estar ahí.
Gracias por este poema que no pretende curar, pero acompaña. Me quedo con la sensación de que el dolor, cuando se comparte con honestidad, se transforma en algo más habitable. Y eso, en sí mismo, ya es un acto de amor. Abrazos desde Venezuela