Nadie las mira de cerca.

Pasan volando a ras del agua, un breve destello azul, y ya está.

Un segundo, un suspiro. Quizá menos.

Pero si alguna vez una se posa cerca de ti… quédate muy quieto y… observa.

Las alas de una libélula son más ligeras que una pluma. Son una membrana tan fina que puedes ver el mundo a través de ella.

Transparentes, sí, pero tejidas por un sinfín de diminutas venas, como si alguien hubiera dibujado un mapa sobre el aire.

Un mapa de algo que no logramos descifrar.

Y sin embargo, vuelan.

Vuelan hacia atrás, hacia los lados, se quedan suspendidas en mitad de la nada como si el tiempo no fuera con ellas. Y todo eso con esas membranas que parecen a punto de romperse si te atrevieras a tocarlas.

A veces pienso que hay personas así, como las libélulas.

Personas que parecen frágiles. Que sostienen su vida con una membrana finísima, casi invisible. Y que aun así consiguen volar. Van hacia atrás cuando hace falta, se detienen en el aire, o soportan el viento sin que nadie consiga entender cómo lo hacen.

Tú eras así.

Tenías esa manera de sostenerte que nadie veía. Yo tampoco la vi del todo, creo. Hasta después.

Dicen que las libélulas viven poco. Apenas unas pocas semanas. Pero que antes pasan años bajo el agua, aguardando, transformándose en silencio, preparándose para ese breve vuelo, tan desconcertante como luminoso.

Toda una vida oculta para un mínimo instante de luz.

Me evoca una cierta tristeza. Y a la vez me resulta de una indescriptible hermosura. Como si lo importante no fuera cuánto dura el vuelo, sino que exista. Que alguien lo vea. Que alguien se acuerde.

Hoy una libélula se ha quedado quieta frente a mí, apenas unos segundos.

He mirado sus alas al trasluz.

Y he pensado en ti.

En lo transparente. En lo que sostiene sin desfallecer.

En lo que vuela todavía, aunque ya no esté.


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