Hay frases que se sueltan así, de golpe, un martes cualquiera. Sin un plan preconcebido. Más bien un arrebato, un impulso, una locura.
Tú levantas la vista del café. Me miras como si me hubiera vuelto loco. Y yo sonrío, porque sé que ya has dicho que sí antes de decir nada.
No es la ciudad. Nunca fue la ciudad.
Es esto. Este exacto momento en que dos personas deciden, sin motivo y sin permiso, que la vida no puede –no debe– esperar más. Que hay billetes que se compran con el corazón, no con la cabeza.
París, luminoso, eterno. Con sus tejados grises y ese río que parece llevarse las prisas de todos los que lo transitan.
Pero sobre todo tú y yo callejeando sin rumbo, perdiéndonos a propósito, entrando en cafeterías solamente porque la luz de aquella ventana luce preciosa… como tú.
Ya nos veo allí. Tú, protestando por el frío noviembre. Yo, haciéndote fotos movidas porque no paras quieta. Los dos discutiendo frente a un callejero que ninguno sabe leer… y riéndonos justo después.
Los viajes no se recuerdan por la cantidad de monumentos que visitas. Se recuerdan por las tonterías. Por un beso en mitad de un puente. Por un cruasán compartido sobre la hierba en el Campo de Marte, a los pies de la Torre Eiffel, mitad y mitad, aunque tú siempre coges el trozo más grande.
Aún no hemos llegado al aeropuerto y ya estamos viajando.
Eso es lo bueno de los comienzos: empiezan antes de empezar.
Tú haces listas de cosas que no vamos a usar. Yo meto la cámara y poco más. La maleta pequeña, la de siempre. Porque lo importante nunca necesita mucho espacio.
Y hay algo que me gusta pensar mientras cierro la cremallera… que lo mejor del viaje no está en el destino.
Está en este instante.
En tu cara de sorpresa. En el sí que todavía late en el aire.
Las ciudades se visitan con los pies.
Pero se estrenan, se disfrutan, contigo.
