Tumbados en la arena todavía tibia,

rastreábamos el cielo como quien busca una señal.

Y llegó.

Una raya de luz, rápida, casi tímida,

que cruzó la noche y se apagó antes de que pudiéramos pedir nada.

—Pide un deseo —dijiste.

Pero tú ya lo tenías, en ese momento, exactamente en ese,

sin nada que cambiar.

Porque no se trataba de las estrellas.

Se trataba de estar ahí, los dos,

disfrutando lo mismo al mismo tiempo,

sin prisa por que la noche terminara.

Las fugaces duran un segundo.

Nosotros queríamos quedarnos más.

Así que dejamos de contar estrellas

y empezamos a contar respiraciones,

el calor de tu mano sobre la mía,

ese silencio, tan nuestro.

Eso también es una estrella fugaz,

algo que pasa una sola vez,

siempre distinto,

siempre efímero.

Esa noche no la volveremos a tener igual.

Y quizás por eso, precisamente por eso,

fue de verdad.


Un comentario

  1. Me ha gustado que el deseo termine siendo secundario. Al final, las estrellas fugaces solo sirven de excusa para recordarnos que los momentos verdaderamente importantes no se piden: se viven. Y casi siempre nos damos cuenta de su valor cuando ya han pasado. Hermoso y delicado.

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