¿Qué ocurre con una mirada cuando ya no hay nadie que la sostenga?
Recuerdo una. Solo una, entre tantas.
Fue un martes, creo. O eso quiero pensar, porque los martes no tienen nada de especial y por eso me gusta imaginar que ahí pasó, en lo más anodino del calendario.
Nos encontrábamos en la cocina. Nada importante. El agua hirviendo, una conversación a medias sobre algo que ya no recuerdo. Y entonces, durante un mínimo instante, levantaste la vista. Así, sin más. Y me miraste de esa forma que no tiene traducción exacta, esa que no es ni pregunta ni respuesta, sino las dos cosas al mismo tiempo.
Duró nada, apenas dos segundos, tres a lo sumo.
Y sin embargo –pasado el tiempo– ahí sigue, intacta, cuando cierro los ojos.
Me da pena pensarlo. Y a la vez me parece casi hermoso que el cuerpo guarde eso mejor que cualquier otra cosa… que de todo lo que vivimos juntos, sea precisamente un instante tan pequeño, tan sin importancia, el que se quedó a vivir aquí dentro.
Dicen que las fotos se desvanecen. Que el recuerdo del rostro se difumina con los años. Puede ser. Pero hay miradas que no son imagen, sino una sensación. Y esas no pueden borrarse de la misma manera.
A veces pienso que fue la última vez que me viste de verdad. No sé si eso es cierto. No sé si se puede saber algo así.
Pero la guardo, la atesoro.
Y cuando todo lo demás se vuelve borroso, ella sigue ahí. Clara. Esperando a que yo también la sostenga.
