Hay una calle en Sevilla tan estrecha que si extiendes los brazos tocas las dos paredes al mismo tiempo.
No es una metáfora. Es así de pequeña. Así de verdadera.
Me gustaría recorrerla –despacio– contigo.
Sin palabras, en silencio. Dejando que ese mínimo callejón nos obligue a caminar juntos, a rozarnos sin querer, –o queriendo–, a ir al mismo ritmo porque allí dentro no hay otro ritmo posible.
Hay lugares que no tienen sentido solos. O que lo tienen, pero de otra manera. Una manera más fría.
Esa calle solamente tiene sentido cuando alguien la recorre… en compañía.
Puedo imaginarme la luz de media tarde intentando descubrirnos, esa luz sevillana que parece equivocada de tan bonita. El olor a cal, a piedra antigua, a algo sin nombre que se queda contigo mucho después de haber salido.
Me imagino que al llegar al final, a la pequeña plaza que seguramente nos espera, cruzaríamos nuestras miradas, sin decir nada.
Y que eso sería suficiente.
Hay cosas que uno guarda en el condicional. Cosas que viven en el me gustaría, en el algún día, en el contigo. Y que de alguna forma así también son reales. A veces más reales que las que llegan a ocurrir.
Contigo. La calle más estrecha de Sevilla.
Contigo. La calle de los besos.
Eso me gustaría.

