Cierra los ojos un momento.
Imagina que llegas a una estrecha calle de la Roma Imperial… al amanecer, cuando la ciudad todavía intenta desperezarse.
Lo primero que te golpea es el pan. Ese olor a hogaza recién salida del horno de leña que se cuela por las puertas de las panaderías antes incluso de que salga el sol. Cálido. Rotundo. El olor más antiguo del mundo.
Pero Roma no huele solo a pan.
Huele a especias llegadas de lugares con nombres imposibles… canela de Ceilán, pimienta negra de la India, azafrán que tiñe de oro el aire de los mercados. Todo mezclado con el humo espeso de las viejas lámparas de aceite, ese aceite de oliva que lo impregna absolutamente todo — la comida, las manos, la piel de la gente.
Y luego está el incienso. Siempre el incienso. Flotando desde los templos como si los dioses disfrutaran de su propia fragancia.
Hay algo más oscuro también.
El Tíber, cercano y caprichoso, dejando su rastro húmedo y mineral sobre la ciudad. El cuero curtido de los soldados –las legiones– al pasar. El sudor de diez mil personas viviendo pegadas unas a otras bajo el sol de esa Roma eterna.
Pero entonces alguien pasa con una corona de rosas… y todo lo demás se desvanece.
Porque Roma también olía a flores. A laurel. A mirto. A la resina dulce de los pinos que bordeaban las grandes vías.
Un aroma contradictorio, sí. Grandioso y humano al mismo tiempo. Como la propia Roma.
