Tus dedos, tejiendo silencio entre mis cabellos

Hay gestos que no se aprenden. Que simplemente ocurren, como la lluvia, como la luz entrando por una rendija que no sabías que tenías abierta.

El tuyo es así.

Despacio. Sin prisa. Tus dedos navegando entre los mechones como si supieran algo de mí que yo todavía no he descubierto… como si hubiera ahí dentro un idioma antiguo que solo tú sabes leer.

Y yo me dejo.

Porque hay pocas cosas en el mundo que sepan decirlo todo sin pronunciar una sola palabra. Y esa, la de tus manos buscando camino en mi pelo, es una de ellas.

Me pregunto si sabes lo que haces.

Probablemente no. Y eso también es parte de la magia.

Cierro los ojos.

Y el mundo, que siempre tiene tanta prisa, de repente… se detiene.

Mi respiración se hace más lenta, casi sin que yo lo decida. Como si el cuerpo supiera que no hay ningún sitio al que llegar. Que todo lo que importa está aquí mismo, en este centímetro de piel donde tus dedos se detienen, avanzan, vuelven.

Solo eso.

Tus dedos. Mi cabeza. Y ese silencio entre los dos que no pesa como los silencios vacíos… sino como algo que al fin ha encontrado su lugar.

No sé si llamarlo comodidad. Es una palabra que se queda corta.

Es algo más parecido a… reconocerse. A que alguien llegue y de repente este cuerpo, que a veces me resulta tan extraño, tan difícil de habitar, empiece a tener sentido.

Tus manos me dicen: aquí. Estás aquí. Y yo también.

Y eso, que parece tan mínimo, lo cambia todo.

Porque hay una magia rara en lo que haces. Me anclas. Me devuelves al suelo, a la piel, al momento. Y sin embargo… me suelto. Me libero de ese peso que cargo sin saber muy bien de dónde viene.

No entiendo del todo cómo funciona esa paradoja.

Solo sé que lo que me sujeta eres tú. Y que precisamente por eso, por primera vez en mucho tiempo, me siento completamente libre.

Me gustaría quedarme aquí mucho tiempo. En este pequeño espacio entre tus manos y mi pelo. Donde no es necesario hablar. Donde no necesito entender.

Solo estar.

Solo este gesto que lo dice todo.

Hay personas que te dejan huella en los recuerdos grandes, los de foto enmarcada.

Pero las verdaderas huellas, esas que de verdad permanecen, las que te encuentras años después sin esperarlas, son estas. Las de un día cualquiera. Las de tus dedos recorriendo mi cabeza en silencio.

Las que uno no sabe que está guardando.

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