Cerramos los ojos.
Es curioso, si lo piensas. En casi todo lo importante que hacemos, cerramos los ojos.
Rezamos con los ojos cerrados. Y no es casualidad, hay conversaciones que no necesitan testigos, ni siquiera el testigo de lo que vemos.
Cerramos los ojos para hablarnos hacia dentro, para que no se nos escape la mirada hacia otro lado mientras pedimos algo que nos importa de verdad.
Lloramos con los ojos cerrados. Como si nuestro cuerpo supiera que ese dolor no quiere ser mirado, ni por nosotros mismos. Cerrar los ojos al llorar es, quizás, la forma más honesta de estar a solas con aquello que nos duele.
Besamos con los ojos cerrados. Este sí que es un bonito misterio. Porque un beso, si lo piensas bien, no necesita ojos. Necesita piel, aliento, necesita ese instante en el que todo nuestro mundo cabe en la distancia que separa nuestras bocas. En ese momento, ver sería una distracción innecesaria.
Soñamos con los ojos cerrados, claro. Aunque no es nuestra elección cerrarlos. Y aun así, ahí dentro, podemos ver más que nunca. Paisajes fantásticos, inexplorados, personas que ya no están, casas que se parecen a otras casas. Los sueños nos regalan una vista que solamente aparece cuando dejamos de mirar hacia fuera.
Rezar, llorar, besar, soñar. Cuatro formas de viajar hacia nuestro interior.
A mí me gusta pensar que cerramos los ojos porque hay cosas que solo se ven de verdad cuando dejamos de mirar.
El amor no se ve, se siente. La ausencia es… invisible, y sin embargo, se nota en todo.
Quizás por eso, cuando pienso en alguien que no está, cierro los ojos.
Para así, sentirla un poco más cerca.
