Ella nunca aprendió a mirar hacia abajo.
Se despertaba, siempre al alba, y ya estaba buscando la luz, como si alguien le hubiera dado esa única instrucción al nacer.
Gira.
Encuentra el sol.
Repítelo cada día.
Y tú la mirabas desde tu esquina del jardín, con esa hermosura tuya que dolía un poco al tocarla.
Porque tú eras la rosa.
Aquel que se abría despacio, que necesitaba tiempo, que ofrecía el perfume entero y aun así llevaba espinas que no había elegido tener.
No eran espinas de maldad. Eran pura memoria.
Ella te empujaba a salir, te repetía con su terca intensidad, que el día estaba precioso, que mira cómo entra la luz por ahí.
Y tú salías. Claro que salías. Aunque por dentro anduvieras midiendo las nubes que ella no veía o no quería ver.
Eso también era quereros.
Ella ponía la alegría.
Tú ponías la raíz.
Ella te enseñaba a levantar la cara y tú le enseñabas que hay días grises y no pasa nada, que también se puede avanzar cada día sin brillar.
A veces se pinchaba contigo.
Sin querer, al abrazarte demasiado rápido. Y en lugar de apartarse, aprendía por dónde tocarte.
Eso, y no otra cosa, es el compromiso.
Un girasol no puede dejar de girar. Una rosa no puede quitarse las espinas sin dejar de ser rosa.
Y sin embargo ahí seguíais, en el mismo trozo de tierra, compartiendo la misma agua.
Ella con el sol en la cara.
Tú con el sol reflejado en ella, una manera hermosa de recibir los rayos solares, reflejados y tamizados por tu bella acompañante.
Y algunas tardes, cuando el sol se marchaba y ella bajaba la cabeza, eras tú quien seguía oliendo a algo bonito en la oscuridad.
