Nunca fuimos especiales. Ni tú ni yo.

Nos gustaba pensar que sí, claro.

Que había algo distinto en cómo nos mirábamos, en cómo el silencio entre nosotros dos parecía significar mucho más que las palabras del resto del mundo.

Pero no.

Éramos dos personas totalmente normales, comiendo en la misma mesa en la que miles de personas comen.

Durmiendo mal las mismas noches que duerme mal medio mundo.

Y sin embargo… ahí, en esos momentos, estaba lo bonito.

Porque nunca necesitamos ser especiales.

Hacía falta, solamente, estar.

Quedarse.

Elegirse cada día, sin ir más allá, solo porque sí.

Yo observándote a veces, pensaba, no soy suficiente para esto. Para alguien como tú.

Y tú, estoy casi seguro, pensabas algo similar de ti misma.

Los dos con esa rara sensación de sentirse de más en la propia vida.

Los dos preguntándonos, en silencio, qué hacíamos ahí.

Nada nos convertía en únicos.

Ni el amor que sentíamos, que también lo sienten otros.

Ni el dolor, que se repite en cada casa de este mundo.

Solamente que fue nuestro, íntimo.

Aunque no fuera especial.

Y a veces, con eso basta.


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