La edad del cielo

Dicen por ahí que las almas se buscan sin mirar el calendario.

Yo no sé, no entiendo, de almas gemelas.

En lo que sí creo es en las largas tardes.

He vivido ese momento en el que una taza se enfría mientras alguien habla y tú piensas que ojalá no se acabe nunca aquella frase.

Alguien escribió que la diferencia de edad enseña.

Que uno pone las raíces y el otro las alas.

Suena lindo. Y quizá sea verdad.

Aunque la verdad, cuando la vives, es mucho menos ordenada que una lista.

La verdad es que a veces te descubres a ti mismo explicando una canción que el otro no puede recordar porque todavía no había nacido.

Y en lugar de sentirte viejo, sientes que le estás regalando, compartiendo, algo maravilloso, algo de tu propia vida.

Y al poco rato seguro que será al revés. Y eres tú el que aprende.

Los números pesan en boca ajena. En la mesa de una cena. En la mirada de alguien que no dice nada pero intenta decirlo todo. Ahí sí le pesan, pero a ellos, los fariseos.

Pero en la cocina, una tarde cualquiera, a las nueve de la noche, con la radio puesta… ahí no existen números, nada que pueda desplazar la alegría de un amor compartido.

Resulta casi tragicómico que haya que defenderlo. Y a la vez me parece casi hermoso que haya algo que defender.

Lo que nunca nadie te cuenta es que el tiempo se acaba de la misma manera y sin previo aviso.

Con veinte años de diferencia o con veinte meses. Un día uno se queda solo.

Y eso no lo arregla ninguna teoría espiritual, ni ningún hashtag, ni ninguna lista de trece razones.

Lo único que se puede hacer es lo mismo de siempre.

Estar.

Mirar.

No perderte ni un detalle.

Aprender de memoria cómo respira cuando duerme, cómo se transforma su cara cuando sonríe y el brillo del sol penetra en su pupila.

Porque no importa cuántos años os separen.

Al final siempre falta uno.


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