Lo dijiste una noche cualquiera, nada solemne, como quien promete traer el pan al salir del trabajo.
Estaré contigo hasta la muerte.
Y yo –ingenuamente– me reí, porque entonces la muerte era una palabra ajena, lejana, algo que solamente les ocurría a otros, en otras casas, en otros calendarios…
Y cumpliste…
Eso es lo que más me desarma. Que fuiste fiel hasta el último segundo. Que no te fuiste antes, ni en las discusiones tontas, ni en los días grises, ni cuando yo no conseguía estar a la altura.
Te quedaste todo lo que tenías.
Hay días en que pienso que me engañaste con la letra pequeña.
Y otros en que pienso que nadie me ha querido nunca con tanta exactitud.
Y tuve que aprender de la peor de las maneras que las promesas no siempre se rompen.
Sigo poniendo dos tazas algunas mañanas. Luego me acuerdo, y guardo una.
No te reprocho nada.
Cumpliste tu palabra.
Fui yo el que no calculó el precio.
