Paseando bajo no sé qué eclipse, creí verte, resplandecías bajo la penumbra.

Y yo, me quedé inmóvil.

Después de meses luchando conmigo mismo para mirar hacia otro lado, me encontré como quien se asoma a un acantilado y no puede distinguir si lo que siente es vértigo o ganas.

No ocurría nada especial esa tarde, no era más que otro miércoles, hasta ese momento.

La mínima luz que sobrevivia se retorcía sobre los coches, sobre el asfalto, sobre aquel parque.

El ruido era el de todos los días, ese bullicio de personas paseando, corriendo de aquí para allá.

Y sin embargo sobre todo aquello, tú.

Te brillaba el pelo de una manera inexplicable, quizá por aquella luz fantasmal que nos servía aquel eclipse de sol.

Quizá podría explicarse, pero da igual, porque seguro que explicarlo sería estropearlo.

¿Lo pensé? Pero no lo hice, me quedé en ese sitio raro donde nos quedamos cuando no sabemos qué hacer, ir o no.

Son momentos hermosos esos que no necesitan pasar para ser tuyos.

Porque me quedé con ese momento, íntimo. Tu manera de estar allí ajena a cualquier mirada.

Hay personas que iluminan sin proponérselo. Sin haber encendido nada.

Ayer te vi.

Y después te imaginé.


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