Un aeropuerto es un lugar poco frecuente donde iniciar algo.
Habíamos viajado juntos sin saberlo.
Escasamente cuarenta minutos en el mismo avión, respirando aquel mismo aire reciclado, y ninguno de los dos se había fijado en el otro. Ella en su fila, yo en la mía, ajenos.
Y entonces bajamos.
Fue en la pista.
Al pie de aquella minúscula escalerilla metálica que se llena de gente impaciente, el viento que te despeina en cuanto pisas el asfalto, el ruido de los motores todavía apagándose.
Levanté la vista sin motivo.
No pasó nada. Eso es lo primero que hay que decir. No hubo música de fondo, ni el mundo se detuvo, ni ninguna de esas cosas que se disfrutan en los cines.
Solamente una mirada. Una breve coincidencia, casi inapreciable.
Y luego otra, en la cinta de equipajes, mientras las maletas daban vueltas y nosotros hacíamos como que buscábamos la nuestra.
Y otra más, meses después, en un pasillo cualquiera de alguna otra terminal.
Ella con prisa.
Yo con la tarjeta de embarque en la mano.
Nunca nos dijimos nada.
Ni un hola, ni un perdona, ni un ¿tú también coges este vuelo?
Nada.
Dos personas que se reconocían y seguían andando, cada una hacia su puerta, con el corazón acelerado, pero no por las prisas del viaje.
Recuerdo su rostro perfectamente, con ese algo que no consigo explicar.
No es solo la belleza de su mirada, ni la suavidad de sus labios, ni aquella expresión que la transformaba cuando esbozaba una sonrisa.
Es todo lo que despierta en mí cuando la miro.
Su cara se ha convertido en ese lugar seguro donde me siento como en casa, un lugar al que podría volver una y otra vez sin cansarme jamás.
Y quizá eso sea lo más hermoso, que cuanto más la miro, más bonita me parece.
Así que no.
No quiero que esto se quede en una bonita anécdota que contar dentro de treinta años.
No quiero que solamente sea un texto en una página de mi próximo libro.
Desearía que fuese una conversación, sosegada, un intercambio de sinceras miradas.
Sé que volveré a verla.
Quizás en otra terminal, esperando otro equipaje, o simplemente en un café cualquiera.
Y en ese momento no miraremos al suelo.
Diremos cualquier tontería. Da igual cuál.
Porque hay cosas que uno no puede dejar pasar tres veces.
Y las miradas, por bonitas que sean, algún día tienen que convertirse en palabras.

Cuántas veces te fijas en una persona durante un viaje.
Excelente y no sabes cómo entiendo esa sensación tan fugitiva como poderosa.