Me muero por contarte cosas…

Hay cosas que llevas años sin decir y ni siquiera sabías que las llevabas.

Están ahí, en un rincón, bien dobladas. No pesan. Solo ocupan.

Y entonces aparece alguien y de pronto te descubres hablando de la vez que te perdiste en un aeropuerto y lloraste en un baño.

De ese miedo tonto, pero inconfesable. De lo que pensaste realmente aquella noche, no lo que dijiste.

No es que quieras contarlo. Es que no consigues retenerlo en tu interior.

Y eso no pasa con cualquiera.

Puedes conocer a una persona diez años, quererla, compartir mesa y navidades, y no abrirle nunca esa puerta. Y de repente llega alguien y a las tres semanas le estás contando lo que no le has dicho ni a tu madre.

Es raro. Es hermoso. Te aproxima a un abismo desconocido. Da un poco de vértigo.

Porque contar algo por primera vez es quedarse desnudo. Y hay una parte de ti que lo sabe y que sigue hablando sin parar.

Yo creo que ahí está todo. No en el amor de las películas ni en las grandes declaraciones.

Está en esa urgencia mínima, inapreciable, de guardarle a alguien las cosas que te van pasando durante el día para contárselas luego.

La anécdota de la panadería. El sueño absurdo. La frase que oíste en la radio.

Eso es querer, creo. Tener a alguien a quien narrarle tu vida. Y enriquecerte con la suya.

Y luego vislumbras el otro lado de la moneda.

Que un día ya no está y sigues guardando cosas por costumbre. Las coleccionas todo el día en silencio y por la noche te das cuenta de que no hay quien las escuche.

Ahí duele.

Pero mientras tanto, mientras siga habiendo alguien esperándolas…

Cuéntaselo todo.

Hasta lo que no sabías que tenías dentro.


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