Hay caras que se quedan mirando desde tu interior, inalcanzables.

Aquello duró solamente un segundo, quizá menos.

Ella giró la cabeza, o quizás fui yo el que la buscó sin darme cuenta, y ahí se detuvo el día.

Llevaba un vestido largo, de ese azul que muestra el cielo cuando todavía no ha decidido si va a llover o si finalmente saldrá el sol, y su pelo… suelto, como si acabara de deshacerlo sin pensarlo.

No hablamos. No hizo falta.

A veces ocurre eso… el mundo continúa con su inercia diaria, la gente entra y sale, alguien pide un café, chirría una puerta, y tú te quedas atrapado en un fotograma que ya no está.

Y en ese fotograma queda también aquella tela moviéndose despacio, y un mechón de pelo cayendo justo cuando ella giraba la cabeza.

Desde aquel entonces no dejo de volver ahí.

Lo repito una y otra vez, como quien tararea esa canción que insiste en volver aunque uno no quiera, sin saber muy bien por qué esa y no otra.

Me da un poco de vergüenza, la verdad. Y a la vez me parece casi hermoso, esto de que un vestido azul y aquel mechón de pelo suelto puedan ocupar tanto espacio en medio de la rutina, entre el semáforo y la lista de la compra.

Puede que no vuelva a verla.

Puede que sí, y entonces sea distinto, más torpe, más real.

Pero aquella primera vez, aquel azul girándose lentamente, ya es mío.

Ya no se va.


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