Hay noches en que las palabras se me mueren en la garganta.
Las busco. Las necesito. Pero no aparecen. Como si dentro tuviera un pozo lleno de cosas que decir y ni una sola cuerda para sacarlas.
Y entonces me dirijo a mi viejo tocadiscos, cojo un vinilo y pongo una canción.
No siempre la elijo yo. A veces me elige ella a mí. Empieza a sonar y algo por dentro se afloja por el sitio justo… ese sitio que llevaba días agarrotado, aguantando, fingiendo que no dolía.
La música y la literatura son las dos únicas maneras que tengo de vaciarme.
De decir aquello que pienso, que me arde dentro, que me deja sin aire.
Escribir ordena mi interior, me sostiene. Pero hay noches en que ni escribiendo consigo respirar.
Y ahí, cuando ya no me queda nada, es cuando recurro a mi talismán, la música.
Y es que hay cosas que son difíciles de explicar.
Se sienten en las tripas. Y para eso tengo la mejor de las medicinas, las canciones. Esas letras que parecen escritas para ti, en tu nombre, sabiendo cosas de ti que ni tú mismo sabías.
Una voz rota —a veces la de Robe, a veces la de otro— diciéndote justo aquello que llevabas semanas intentando nombrar sin conseguirlo.
Y de pronto, sin pensarlo, ya no estás solo con tu herida.
Hay otro que sangró antes.
Que supo ponerle melodía a lo que tú ni te atreves a mirar de frente. Eso es lo que me salva. No que me consuelen… sino que me acompañen, y la música tiene un plus de lealtad difícil de encontrar hoy en día.
Para mí la música es la forma más honesta que existe de darle a otro lo que llevas dentro.
El amor, claro.
Pero también la decepción. El dolor. Esa ausencia que se te pega a la piel y ya no se va.
Le puedes escribir mil cartas a alguien.
O ponerle esa canción. La vuestra.
La que os partió y os salvó a la vez. Y ya no necesitas nada más.
Cuando la literatura se me atasca, la música, la bendita música, termina la frase por mí.
Susurra en voz alta lo que yo escondo en un cajón. Cierra el círculo.
Y me resulta realmente hermoso, aunque duela.
Que existan esas dos puertas. Que cuando una se me cierra, la otra siempre esté ahí, con la luz encendida, esperándome es lo más parecido a un milagro cotidiano.
Escribo porque no sé callarme del todo.
Y escucho música por lo mismo.
Porque hay emociones que no caben en un folio.
Y algunas cosas, sobre todo, las de verdad… nos cuesta decirlas.
Y es entonces cuando se cantan.
