Una noche con Venus y toda una vida con Mercurio

Dicen que hay amores que arden como estrellas fugaces.

Intensos, efímeros, imposibles de olvidar. 

Así fue aquella noche con Venus. Ella era fuego y deseo, un cegador destello que convierte lo cotidiano en eternidad.

Su mirada, un universo salvaje.

Su voz, un hechizo que desordenó el tiempo.

En sus labios –agazapado– encontré el vértigo de lo prohibido, y en su piel, el pulso de aquellos sueños que uno sólo se atreve a tener una vez.

Fue una noche efímera, un suspiro en el infinito, pero suficiente para incendiar el alma.

Luego llegó Mercurio, y con él, la constancia.

No el fuego desbordado, sino esa llama que aprende a sostenerse.

Mercurio no promete el cielo, pero te enseña cómo construirlo.

Es la palabra que siempre está ahí acompañando el silencio, pero sobre todo la mano que no tiembla cuando el viento sopla fuerte.

Con él, el amor se vuelve oficio: una danza de paciencia, una conversación interminable, un viaje sin destino fijo pero con sentido.

Venus me mostró lo que es sentir y Mercurio me enseñó lo que es permanecer.

Ella fue el poema que se escribe una vez y se recuerda toda la vida.

Él, el libro que se lee cada día y nunca se termina.

Porque amar –amar de verdad– no es solo quemarse, sino también aprender a brillar sin llegar a consumirse.

Y así, entre la nostalgia de una noche y la certeza de una vida, entendí que hay pasiones que se viven para siempre aunque duren un breve instante, y amores que no necesitan deslumbrar para ser eternos.

Una noche con Venus me enseñó a volar y toda una vida con Mercurio, a quedarme.


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