Vas a tener miedo. Eso ya lo sabes, no te descubro ningún secreto.
Lo que quizá no sabes es que el miedo miente.
Te dibuja abismos donde solamente encontrarás un pequeño charco.
Te susurra al oído con voz grave, hablándote de tragedia, y luego llegas allí y resulta que era otra cosa. Más pequeña. Casi tierna.
Yo estuve al otro lado.
Y quiero decirte lo que hay, para que no cruces a ciegas.
Al otro lado del miedo no hay premio. No hay foco ni aplauso.
Hay algo mejor y más callado.
Encontrarás una mesa. Una cafetería cualquiera, de esas con el mármol frío y el empedrado brillando fuera después de la lluvia.
Dos tazas. Una de ellas, la tuya.
Al otro lado te espero yo. O te esperas tú, la que serás cuando por fin te atrevas. A veces es lo mismo.
Porque cruzar no te libra de nada. El miedo no desaparece, no seas ingenua.
Lo único que cambia es que deja de ser una pared y se vuelve una brújula.
Nadie tiembla por lo que le da igual.
Si tiemblas… es que ahí hay algo tuyo. Algo que importa.
Sé que da vértigo.
Mostrar lo que hay dentro y no saber si bastará. Quedarte expuesto. Totalmente sola, quizá.
Pero hay algo de lo que no hay duda alguna.
De lo que uno siempre se arrepiente es de no haberlo intentado. Es de aquel mensaje que no envió.
De aquella palabra que se quedó atascada en la garganta un miércoles cualquiera, sin importancia.
El silencio te dolerá más que el rechazo. Créeme.
Así que ven. Cruza.
Aquí, del otro lado, se está bien. Hay luz entrando por la ventana. Hay una taza que humea todavía.
Y hay tiempo. Todo el tiempo que podamos necesitar.
Solo tienes que dar el paso.
