Viejo amigo, querido amigo

Piensa en mí de vez en cuando, viejo amigo.

No te estoy pidiendo que paralices tu vida ni un solo instante, ni que te aferres a lo que algún día fuimos, solamente que, en algún recoveco tranquilo de tus días, permitas a mi recuerdo sentarse a tu lado y descansar de tanto ajetreo.

Cualquier tarde podría valer, en ese breve momento en que el sol declina, cansado y el silencio lo empapa todo. O en esa noche larga, cuando los pensamientos se vuelven más sinceros y el corazón se desarma por un momento. En esos instantes, me gustaría existir en un rinconcito de tu memoria, pero no como una herida del pasado, más bien como una caricia.

Fuimos refugio compartido en medio del ruido de la vida, fuimos certeza en aquellos momentos de zozobra. Y aunque el tiempo haya seguido su curso natural y las circunstancias hayan cambiado, quiero creer que lo esencial sigue ahí, al alcance. La forma en que nos comprendíamos sin hablar, la manera de enfrentar al mundo siempre desde el mismo lado.

No me debes nada. Ni palabras, ni regresos, ni explicaciones. Solamente ese pequeño gesto de recordarme sin prisa.

Porque yo también lo hago.

A veces sonrío sin apenas darme cuenta recordando algo que solías decir, a veces me invade una dulce nostalgia, de esas que no duelen, se sobrellevan. Y en esos momentos, no descambiar el pasado ni forzar futuros imaginarios, solamente agradezco que hayas existido en mi vida.

Piensa en mí de vez en cuando, viejo amigo.

No para volver, solamente para no llegar a desaparecer del todo. Porque hay afectos que, aunque cambien de forma, nunca aprenden a irse del todo.

Piensa en mí de vez en cuando, querido amigo.

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