Cualquier momento

Cualquier momento es un buen momento para llorar.

Nadie te enseña a llorar bien. Simplemente un día pasa.

A veces es esa canción que suena –inesperada– en la radio del coche, justo cuando paras en un semáforo. Y no sabes por qué, pero se te nubla todo.

Otras veces es una taza.

La suya.

Que sigue en el mismo sitio del armario porque nunca encontraste el valor para moverla.

Se llora por lo que se va.

Por aquella voz que ya no contesta al teléfono.

Por ese lado de la cama que ahora sobra.

Pero también se llora por lo que llega… Ese abrazo que no esperabas. Un atardecer sobre el mar que te pilla desprevenido. La risa de un niño en la mesa de al lado.

Y eso es lo verdaderamente curioso. Que las lágrimas no distinguen. Salen igual de la herida que de la belleza.

A veces me da pena. Y a la vez me parece casi un milagro. Que el cuerpo sepa guardar lo que la boca no se atreve a decir.

Así que no te escondas. No pidas perdón.

Llora en la cocina, en la orilla de la playa, en mitad de un día cualquiera.

Llorar es solo otra forma de seguir queriendo.


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