Invierno interior

Hay recuerdos sin fecha –no la necesitan– viven suspendidos en esa luz especial, en ese tiempo que ha decidido conservarlos intactos, perennes.

Es suficiente con cerrar los ojos para que vuelvan, el silencio amortiguado, ese frío que enrojece tus manos, aquel aire limpio que parece recién estrenado. Ahí todo se vuelve más lento, más verdadero, como si el mundo hubiese decidido respirar más despacio solamente para nosotros.

La nieve transforma esos lugares cotidianos en escenarios irrepetibles.

Las calles de tu infancia –las de siempre– se ocultan bajo un manto de pureza y lo rutinario se convierte en promesa. 

Cada uno de tus pasos deja huella y en ese momento podemos intuir que nuestra presencia importa, que estamos escribiendo algo efímero pero único.

Hay una emoción infantil en ese gesto iniciático.

Recuerdo esa forma tan curiosa en que el sonido desaparece, como las risas suenan más suaves y las palabras se acercan.

El frío invitaba a la complicidad, manos que se buscan, piel, bufandas compartidas, miradas que se comprendían sin palabra alguna.

Son momentos en los que el corazón se calienta con una intensidad indescriptible, como si el amor encontrara bajo el manto del invierno su más sincero refugio.

En la nieve habitan esos días que ya no volverán, aquellos que caminaban a nuestro lado y que hoy regresan como un lejano recuerdo.

La nieve resguarda nuestra nostalgia, nuestra melancolía.

Una melancolía que reconforta pues nos recuerda que hemos vivido, que hemos sentido profundamente, que vivimos instantes tan hermosos que merecen ser evocados con una suave sonrisa.

Hay algo casi sagrado cuando contemplas cómo cae, lenta, constante, inexorable cubriendo cada centímetro del paisaje sin distingos.

Nos iguala, nos invita a un nuevo comienzo, nos lleva a creer que incluso los momentos más fríos tienen un halo de ternura difícil de explicar.

Quizá sea precisamente por eso que los días nevados se graban tan íntimamente en nosotros.

Esos días son especiales porque nos enseñan que la belleza puede ser silenciosa y la felicidad puede ser simple, tan simple como un paisaje vestido de blanco.

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