Nadie te avisa

Nadie te avisa cuándo va a ocurrir algo.

Eso es lo más injusto, o quizás lo más bonito, de todo. Que no hay señal anunciadora. Que no hay un cartel que nos diga aquí, en este momento exacto, esto va a cambiar algo.

Llegas a una fiesta de pueblo un sábado de verano, con las sandalias recién compradas que ya te están haciendo daño en el talón, con la idea vaga de que esta noche tampoco va a pasar nada especial, y de repente… ahí está ella.

O él.

O esa persona que todavía no sabe que dentro de unas horas va a ocupar demasiado espacio en tu cabeza.

Era una de esas fiestas que se montan en la plaza del pueblo cuando el ayuntamiento decide gastarse el presupuesto en algo que nadie pidió y todo el mundo acaba agradeciendo. Un escenario prestado, farolillos de colores colgados de cualquier manera entre los árboles, una bola de espejos que giraba un poco torcida y que a pesar de todo cumplía con su función. La gente mayor sentada en las sillas de plástico blanco que alguien había sacado del almacén municipal. Los jóvenes de pie, bebiendo lo que había. Y en el centro, una pequeña pista de baile improvisada sobre el adoquín desigual de siempre.

Tú llegaste tarde. Tarde como llegas a casi todo cuando no tienes demasiadas ganas de llegar.

Te habías puesto esa camisa porque te habías dicho a ti mismo que igual se te veía bien. Sin más. Sin planes. Sin expectativas reales. Solo esa camisa, aquellas sandalias equivocadas y un poco de vergüenza por estar ahí solo entre aquel bullicioso gentío que parecía conocerse desde siempre.

Pediste algo de beber y te apoyaste en el muro de piedra de la ermita, que llevaba siglos aguantando cosas mucho más serias que tu incomodidad social.

Y entonces la viste.

No fue un relámpago. No fue esa escena dramática que cuentan en las películas donde el tiempo se detiene y suena una canción perfecta. Fue más sutil. Fue que levantaste los ojos un momento hacia la pista y ella estaba bailando con alguien, riéndose de algo, y tu mirada se quedó ahí un segundo más de lo normal.

Solo eso.

Un segundo de más.

Pero a veces un segundo de más es suficiente para que todo empiece a moverse.

La conocías de internet. Un poco. Esas cosas modernas que pasan ahora, que sabes el nombre de alguien, has visto algunas fotos, has leído algún comentario que dejó en algún sitio, y tienes una idea vaga de quién es esa persona sin haberle dirigido nunca la palabra en serio. Esos escarceos virtuales que no son nada y sin embargo son algo. Un me gusta por aquí. Una respuesta a una historia por allá. El nombre que aparece a veces en tu pantalla y al que no le das demasiada importancia porque total, ¿para qué?

Pero en persona era distinta.

En persona tenía una forma de reírse que ninguna foto conseguiría retener. Una de esas risas que salen del cuerpo entero, que hacen que la persona se incline un poco hacia delante, que duran un instante pero dejan un rastro. Y tenía ese pelo que llevaba de una determinada manera que tú no sabrías describir pero que te parecía perfecta. Y se movía por la pista sin tomarse demasiado en serio a sí misma, que es la única forma decente de bailar cuando la música no da para más.

Te terminaste la bebida más rápido de lo que pretendías. ¿Los nervios?

Pediste otra.

Y sin decidirlo del todo, te fuiste acercando un poco más a la pista. Solo para estar menos en el margen. Solo porque el muro de la ermita ya empezaba a aburrirte. Eso te dijiste.

La segunda vez que os mirasteis fue sin querer.

Giró la cabeza en el momento justo en que tú la estabas mirando, y durante medio segundo vuestros ojos se cruzaron y los dos apartasteis la vista a la vez, como quien retira la mano de algo que quema sin saber todavía si quema de verdad.

Eso también es un lenguaje. Eso de apartar los ojos al mismo tiempo. Eso también dice cosas.

Un rato después volvió a ocurrir. Esta vez no fue del todo accidental. Esta vez tú ya sabías más o menos dónde estaba ella en la pista y de vez en cuando, sin proponértelo, tu mirada iba hacia allí. Y la suya, alguna vez, sin que os pusierais de acuerdo, hacía lo mismo.

Nadie decía nada.

No hacía falta.

Esa cosa que pasa entre dos personas cuando todavía no han hablado pero ya están hablando de alguna manera. Esa conversación silenciosa que no tiene palabras pero tiene un ritmo. Que no tiene frases pero tiene pausas. Que empieza así, con tres o cuatro miradas cruzadas sobre una pista de baile improvisada en una plaza de pueblo, un sábado de verano, con la bola de espejos girando un poco torcida.

El que manejaba la música aquella noche no era ningún profesional. Era alguien con un portátil y muy buena voluntad, y de vez en cuando metía alguna canción que no conseguía encajar con la anterior y había que aplaudir igualmente. Pero sabía cuándo tocaba. Eso sí lo sabía. Porque llegó un momento, pasada ya la media noche, cuando la gente estaba suficientemente suelta y el ambiente suficientemente cálido, en que bajó el volumen de todo y dejó caer algo lento.

Las lentas.

Esa tradición que nadie ha derogado y que sigue funcionando, como toda la vida igual. Que de repente la pista se despeja a medias, algunas parejas se juntan, algunos solitarios se van a por otra bebida mirando el suelo, y el aire cambia. Se espesa un poco. Se carga de algo que no es exactamente tensión pero que se le parece.

Tú te habías acercado bastante a la pista para entonces. Sin darte cuenta del todo. O dándote cuenta pero diciéndote que era por el calor del grupo, por no quedarte solo junto al muro toda la noche. Y ella había terminado de bailar con la persona con la que estaba y se había quedado un poco al margen también, con una bebida en la mano, y os separaban quizás cuatro o cinco metros.

Que es una distancia pequeña.

Que es una distancia enorme.

Cuando suena una lenta y hay cuatro o cinco metros entre dos personas que llevan un buen rato mirándose sin hablar, esos metros pesan mucho. Se hacen largos. Se llenan de todas las cosas que podrían salir mal. De la posibilidad del ridículo. Del qué hago yo aquí y del y si no le apetece y del igual me lo estoy inventando todo.

Porque siempre existe esa posibilidad. Que te lo estés inventando todo.

Que las miradas no fueran eso que tú creías. Que fuera solo el calor, o el aburrimiento, o que tienes una cara que llama la atención por algún defecto sutil que nunca has conseguido identificar. Que lo que tú llevas interpretando como una conversación silenciosa no sea más que dos personas mirando en la misma dirección sin ningún significado particular.

Eso también pasa.

Y sin embargo te moviste.

No con decisión de película. No de esa manera que luego queda bien contada. Te moviste como se mueven las cosas cuando no sabes muy bien lo que estás haciendo pero algo en ti ha decidido que ya está, que los cuatro metros son demasiados, que llevas demasiado rato apoyado en muros mirando desde fuera cosas a las que podrías acercarte.

Ella te vio venir.

Claro que te vio venir. No era difícil. La plaza era pequeña, de pueblo, y vosotros erais, en cierta manera, los únicos que sabíais que el otro existía en medio de toda esa gente.

No dijiste nada especialmente ingenioso. Eso también hay que contarlo. Dijiste algo así como ¿bailamos? con esa pregunta breve que no necesita más palabras porque la situación ya lo ha explicado todo, y ella se quedó un momento con esa sonrisa que no es una sonrisa todavía pero que está a punto de serlo, y dijo que sí.

Sí.

Dos letras.

Pero esas dos letras tienen mucho dentro cuando las llevas esperando tanto tiempo.

La distancia entre vosotros se cerró de una manera que tu cuerpo registró de una forma que no tiene nombre exacto en ningún idioma. Ese temblor al notar que alguien está cerca. No el contacto todavía. Solamente la proximidad. El calor de otra persona a pocos centímetros. El olor que tiene, que no es ningún perfume caro sino ese olor que tienen las personas cuando han estado bailando y hace calor y están vivas y están ahí.

Pusisteis las manos donde se ponen las manos en estas situaciones, con esa torpeza elegante que tiene el principio de todo, cuando los dos estáis calibrando cuánto espacio ocupa el otro y cuánto espacio dejáis entre vosotros y hasta dónde llega esto.

Y os pusisteis a bailar.

Despacio.

La única manera de bailar cuando una canción te da tiempo para pensar.

No hablasteis mucho al principio. Era raro hablar. Era casi una interrupción. La música llenaba el silencio de una manera que hacía que las palabras sobraran un poco, o que al menos no fueran urgentes todavía. Y había algo cómodo en eso. En no tener que decir nada. En simplemente estar ahí, con ese lento movimiento sobre el adoquín irregular de la plaza, con los farolillos de colorines haciendo lo que podían y la bola de espejos girando sobre vuestras cabezas.

Pero llegó un momento en que sí.

En que dijiste algo. O ella dijo algo. Ya no importa quién fue primero.

Y a partir de ahí fue esa cosa que pasa cuando dos personas descubren que pueden hablar. Que hay algo al otro lado. Que la conversación tiene tirones, que va hacia sitios inesperados, que hace reír de verdad y no de esa manera educada de cuando no sabes qué decir. Bailando lento y hablando de cosas que no venían al caso. De una película que había visto hace poco. De una canción que sonó antes y que ninguno de los dos recordaba bien del todo pero los dos conocían. De ese momento en que la bola de espejos proyectó un reflejo en la cara de alguien mayor que estaba sentado con los ojos cerrados y parecía que estaba soñando.

Las cosas pequeñas.

Siempre son las cosas pequeñas.

Te fijaste en sus manos. En cómo tenía una pequeña marca en el dedo que podría ser de cualquier cosa pero que te preguntaste de dónde vendría. Te fijaste en que cuando se reía echaba un poco la cabeza hacia un lado, hacia la derecha, siempre hacia la derecha. Te fijaste en que tenía una manera de mirarte cuando escuchaba que era de las que hacen que te sientas que lo que estás diciendo merece la pena, aunque no estés diciendo nada especialmente importante.

Eso es un regalo, por cierto. Eso de que alguien te mire así cuando hablas. No todo el mundo sabe hacerlo.

La canción terminó.

Y ninguno de los dos se movió.

Que también es una respuesta. Quedarse cuando podías haberte ido. Dejar que la siguiente canción empiece sin soltarte. Sin dar un solo paso atrás. Eso dice cosas que las palabras tardan mucho más en decir.

La segunda canción lenta fue distinta a la primera. Más fácil. Porque en la primera los dos estabais todavía con esa tensión de no saber muy bien qué hacíais ahí juntos. En la segunda ya lo sabíais. No todo, claro. Todavía no. Pero lo suficiente para que los centímetros que quedaban entre vosotros fueran desapareciendo sin que ninguno lo decidiera expresamente.

Así pasan estas cosas. Sin que nadie las decida expresamente.

En algún momento de esa segunda canción le dijiste que te acordabas de haberla visto una vez en internet, en algún comentario de algo, y que te había parecido graciosa. Ella te dijo que sí, que a ella también le sonaba tu nombre, que había visto algo tuyo por ahí. Y los dos os reísteis un poco de eso, de que ya os conocíais de alguna manera sin conoceros de ninguna, de que el mundo a veces es muy pequeño y sin embargo tardas todo lo que tardas en llegar a cruzar cuatro metros en una plaza de pueblo.

Cuatro metros.

Todo ese tiempo.

La noche fue avanzando de esa manera que tienen las noches buenas, que parecen ir más despacio que las otras pero de repente son las tres de la mañana y no entiendes muy bien cuándo pasó. El que manejaba el portátil volvió a subir el ritmo en algún momento y la pista se llenó otra vez de gente y de ruido y de esa energía que tiene el final de una fiesta cuando nadie quiere irse todavía.

Vosotros seguisteis ahí.

Ya no bailando lentas. Simplemente ahí, cerca, hablando por encima de la música, acercando la cabeza para escuchar mejor, rozando sin querer y sin quejarse. Esa geografía nueva que es el cuerpo de alguien que hace unas horas no existía en tu mundo físico y ahora sí.

Eso es lo que más te asombra de todo esto, cuando lo piensas.

Que hay personas que hace unos meses no estaban. Que el mundo que conocías no las incluía. Y de repente ahí están, y no solo están sino que ya no puedes imaginarte bien cómo era todo antes de que llegaran. Que ocupan un espacio que no sabías que estaba vacío.

Eso.

Eso es lo que pasó esa noche, aunque vosotros todavía no lo sabíais del todo.

La fiesta fue terminando como terminan las fiestas de pueblo, poco a poco y de repente, con la gente diciendo hasta luego y los mayores recogiendo sus sillas y alguien apagando los farolillos de los árboles hasta que solo quedó la luz normal de la plaza, esa luz un poco triste y muy real que tiene la madrugada cuando el espectáculo ha terminado.

Os quedasteis un rato más de lo necesario.

Hablando de nada. De todo. De esa manera en que se habla cuando no quieres que la conversación termine porque terminar la conversación significa terminar la noche y terminar la noche significa ir cada uno por su lado y volver a la distancia, aunque ya no sean cuatro metros sino algo diferente, algo que todavía no tiene medida.

Cuando por fin os despedisteis, en el borde de la plaza, con el pueblo casi en silencio y ese olor a pólvora que tienen las fiestas de pueblo todavía flotando en el aire, no hubo ningún gesto dramático. No hubo declaración de nada. Solo ese momento en que los dos sabéis que algo ha pasado esa noche, aunque no sepáis todavía qué forma va a tener, aunque no sepáis si, realmente, va a tener alguna forma concreta o si va a quedarse en esto, en una noche de verano con luces de colores y una bola de espejos torcida y cuatro metros que desaparecieron en un momento determinado.

Ella se fue calle arriba.

Tú te quedaste un momento parado, mirando cómo se alejaba, sin saber muy bien qué hacer con las manos ni con lo que acababa de pasar.

Luego echaste a andar en la otra dirección.

Y sonreíste solo, en medio de la calle, a las tres de la mañana, con las sandalias que te habían estado haciendo daño en el talón toda la noche. Esa sonrisa que nadie ve. Esa que te sale cuando algo ha sido bueno de verdad y todavía no necesitas contárselo a nadie porque por ahora es tuyo, solo tuyo, y eso ya es más que suficiente.

Hay noches que no prometen nada y lo dan todo.


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