No puedes vencer al crepúsculo.

Cada tarde, frente a esta ventana, veo la luz haciéndose cada vez más lenta y ese silencio que la acompaña volviéndose tuyo.

El día va entregándose –apagándose– poco a poco, porque sabe muy bien que las despedidas necesitan tiempo.

Del azul al añil para luego entregarse a ese púrpura que se derrama suavemente con una hermosura difícil de explicar.

Es en ese exacto momento en el que te siento.

En las sábanas,… no sé si es tu olor o si me lo invento porque lo necesito.

Extiendo mi mano hacia ti y el frío me recuerda la realidad.

Aún recuerdo la textura de tu espalda bajo las yemas de mis dedos. Los susurros robados que iban borrando el mundo a nuestro alrededor, esas palabras que solamente existen en la penumbra del amor. Esas que nacen cuando ya no somos dos pero aún no somos uno.

El crepúsculo nunca tiene prisa.

Es como esa caricia interminable que viajaba desde tu hombro hasta el límite de tu espalda.

Esa despedida que nunca duele del todo porque sabemos que acoge en su interior una promesa cercana.

Y poco a poco he aprendido que no debía luchar contra él, de la misma manera que ya no lucho contra el recuerdo del sabor de tu boca, la suavidad de tus manos, de esa dulce intimidad, –brutal– como todas las cosas que de verdad importan.

Dejo que la noche llegue y que me cubra con su manto.

Me rindo, y en esa rendición me invade algo parecido a la paz. Porque aunque pueda parecerlo, el crepúsculo no es el final del día, es su más íntimo momento, ese único instante en que los contornos desaparecen y se agudizan los sentidos.

No puedes vencer al crepúsculo.

Pero cada tarde que pasa es un camino de vuelta, una lejana certeza de que al amanecer aún habrá algo tuyo en mi piel. Y que de alguna inexplicable manera nunca te has ido del todo.

Un comentario

  1. Hola, Javier, jo, se me ha puesto la piel de gallina con el párrafo de la «caricia», qué bien descrito. Cuando se utilizan las palabras correctas y se provoca esta sensación es porque está muy bien escrito…
    Un abrazo.

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