Hay una caja en algún armario.
Dentro, esos álbumes que ya nadie compra, con sus tapas duras y esquinas gastadas, con ese olor a cartón viejo que se mete en los dedos, te impregna el alma.
Los abres despacio, incluso con temor, como quien no quiere despertar a nadie.
Las hojas crujen. Algunas fotos se han quedado pegadas al plástico, como resistiéndose a soltarse de aquella página que las sostuvo tantos años.
Ahí estás tú, más joven, riéndote de algo que ya ni recuerdas. Ahí está esa casa que ya no existe. Toda esa gente que ya no llama.
Guardamos el alma en esos pequeños rectángulos de papel. Un cumpleaños, una playa, una sobremesa cualquiera… momentos que entonces parecían de relleno y que hoy son lo único que queda entero.
Pasas tu mano por encima, las acaricias sin querer alisar nada, solo por tocarlo, por sentir aquel momento una vez más.
Y ahí llega la paradoja de siempre: te da pena ver esos recuerdos tan viejos, tan amarillos… y al mismo tiempo parece casi hermoso que hayan aguantado. Que algo tan frágil como el papel haya sobrevivido más que muchas certezas.
Detrás de una foto, una letra que reconoces enseguida. Una fecha. Un nombre escrito por una mano que ya nunca…
La foto no tiene porque ser buena. No hace falta que esté bien encuadrada, ni que la luz acierte. Basta con que esté ahí, bajo las yemas de tus dedos.
Porque un álbum no suele guardar momentos perfectos. Guarda pruebas. Pruebas de que aquello, fuera lo que fuera, pasó de verdad.
Y quizás por eso no los tiramos, aunque pasen años sin que nadie los abra.
Porque cerrarlos es fácil.
Lo difícil es guardarlos sin llorar.
