Hay gestos que uno desearía repetir para siempre. No porque cambien nada, sino porque en su repetición hay algo que se parece a la costumbre. Y la costumbre, cuando tienes a alguien para compartirla, es casi un lujo.
Recuerdo cómo elegía las rosas.
Nunca las más grandes, nunca las más caras.
Solo doce, rojas, con los tallos rectos y las hojas todavía verdes.
Un ritual mínimo, de esos que no necesitan muchas explicaciones.
Ahora las miro en el escaparate y me paro un segundo de más.
No las compro.
Porque comprarlas sería preparar un gesto que ya no tiene a quién llegar, un gesto sin destino.
Y sin embargo, deseo hacerlo.
Deseo volver a esa fila de la floristería, volver a… da igual, volver a ese momento en el que el ramo era una promesa, no un recuerdo.
Es curioso cómo un deseo puede ser tan simple y tan imposible al mismo tiempo.
Querer repetir algo que tan pequeño.
Doce rosas.
Nada del otro mundo. Pero en esas doce rosas cabía una tarde entera, una manera de decirle «estoy aquí, pensando en ti» sin necesidad de articular ni una sola palabra.
A veces pienso que no echo de menos las rosas.
Echo de menos el compartirlas.
Aquel breve instante en que alguien las recibe y sonríe, casi por sorpresa, aunque ya sepa que llegan cada cierto tiempo.
Puede que algún día vuelva a comprarlas.
Para otra persona, quizás.
O simplemente para mí, como quien enciende una vela sin saber muy bien para qué.
Por ahora, solo deseo.
Deseo que ese ramo vuelva a tener destino.
Doce rosas rojas, esperando a que alguien las quiera de nuevo.
