Hay una lista que cargas siempre contigo, a todas partes.

No se ve. Pero pesa.

Revisas si lo hiciste bien, si dijiste lo correcto, si diste la talla. Cada noche, antes de dormir, pasas revista. Siempre.

Nadie te entregó esa lista. Te la hiciste tú misma, poco a poco, hace mucho tiempo, sin darte cuenta de cuándo empezó.

Y sin embargo…

A veces pienso en lo que de verdad recordamos de alguien. Y no son los logros.

Es esa forma —dulce— de reírte. Aquel gesto torpe al servir el café. Aquella frase dicha a media voz, casi un susurro, pretendiendo que nadie la oyera.

Y tú la oíste igual.

Nadie se queda con la perfección. Nos quedamos con los despistes. Con lo que hace gracia sin querer. Con todo lo que tiembla un poco.

Tú también eres eso. Lo que tiembla un poco.

No hace falta demostrar nada. No hay examen. No hay nadie al otro lado tomando nota, aunque algunos días jures que sí lo hay.

Solo hay un día más. Y tú, dentro de él, intentando.

Con eso basta.

Siempre bastó.


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