Hoy se me ocurrió ponerme a contar gente. En la cola del banco, en el semáforo, en la terraza donde alguien removía un café sin apenas mirarlo.
Todos ahí. Todos cerca.
Y sin embargo.
Hay algo extraño en las ciudades porque cuanta más gente, más se nota el vacío. Un cuerpo junto a otro en el autobús, y ni un solo gesto que los una. Miradas resbaladizas. Manos que se rozan sin intención y se apartan como un resorte, como si tocar a alguien fuera pedir demasiado.
Yo también he sido de esa gente.
He estado en fiestas llenas de risas prestadas, deseando que alguien —cualquiera— me preguntara de verdad cómo estaba. No el manido «¿qué tal?» de pasillo. Ese otro. El que se para frente a ti esperando una respuesta de verdad.
Porque se puede estar acompañado y estar solo.
Eso ya lo sabemos. Lo raro es que nadie lo diga en voz alta, y todos sigamos fingiendo que es suficiente con estar cerca.
A veces pienso en toda esa gente que duerme sola en camas para dos. En la que reza sin saber muy bien a quién. En la que guarda una foto en la cartera y no se atreve a mirarla en el metro, no vaya a ser que alguien la vea llorar.
Yo guardo la mía en otro lugar, quizá más íntimo, quizá más oscuro. Pero también la guardo.
Y quizás ahí esté el pequeño consuelo, el único que se me ocurre, no estamos solos en estar solos. Somos multitud en eso también.
Toda esa gente. Tan cerca. Tan lejos.
Buscándose, sin saberlo, los unos a los otros.
