Nadie se despide de verdad la última vez.
Eso es lo que más duele después. Que estabas ahí, que tenías tiempo, que podías haber dicho algo más… y no lo dijiste. Porque nadie te avisa. Porque las últimas veces no llevan cartel.
Recuerdo haber pensado «mañana seguimos». Como si mañana fuera una promesa que el mundo tenía la obligación de cumplir.
No la cumplió.
Y ahora entiendo algo que entonces no sabía: que todas las despedidas son ensayos de la definitiva. Cada «hasta luego» lanzado desde la puerta, cada abrazo dado con prisa porque llegabas tarde, cada vez que apagaste la luz sin decir nada especial… todo eso era práctica para un final que no estudiaste.
Siempre vamos a querer un rato más.
Uno más tomando café sin hablar de nada importante. Uno más viendo llover desde la ventana. Uno más de esos silencios cómodos que entonces dábamos por supuestos y que ahora entendemos que eran el lujo más grande que hemos tenido.
Da pena. Y a la vez me parece casi hermoso que sea así.
Porque significa que lo que tuvimos valía la pena quererlo más. Que no estaba agotado. Que todavía tenía vida dentro cuando tuvo que irse.
No sé si eso consuela. Creo que no del todo.
Pero a veces, en los días tranquilos, me siento con eso. Con la idea de que si aún quiero más… es porque lo que hubo fue real.
Y eso, al menos, nadie me lo quita.
