Un cuatro de agosto

Nos cruzamos sin saber que nos estábamos cruzando.

Fue un día cualquiera. De esos días normales, quizás hasta monótonos, de esos que no tienen nombre. Un martes, quizá. Con la luz de siempre y las mismas prisas de siempre.

Y sin embargo ahí estabas tú, en aquel rincón que todavía recuerdo.

No hubo música de fondo. No hubo señales. Solamente una mínima casualidad, de esas que caben en una fracción de segundo… y que luego resulta que sostienen una vida entera.

Después vino el agua.

Porque eso fuimos, ¿sabes? Al principio un pequeño charco, casi nada. Luego un arroyo, potente.

Y un día, casi sin darnos cuenta, ya éramos océano. Ese en el que te bañas sin mirar la orilla, porque no te hace falta.

Aprendimos a querernos en lo pequeño.

En el ruido que hacías al dormir.

En tu manía de dejar los cajones a medio cerrar.

En el olor de tu pelo mojado por las mañanas, que todavía hoy me encuentro de repente en sitios donde no debería estar.

Nos creímos a salvo. Quizá nuestro único error.

Es lo que tiene el amor cuando es de verdad: te convence de que el mar no tiene fondo.

Pero el infierno no llama a la puerta, ni pide permiso.

No avisa con tiempo para despedirse bien.

Llegó un cuatro de agosto.

Y se llevó el agua. Absolutamente toda.

Ahora hay días en que camino por lo que fue nuestro océano y solo encuentro sal, sobre un fondo seco, cuarteado, lleno de cosas nuestras que nadie más consigue reconocer.

Me da pena. Y al mismo tiempo me resulta casi hermoso.

Porque si duele así, es que existió así, intenso.

Nadie puede quitarme eso.

Ni el fuego, ni la fecha, ni los agostos que vengan después.

Nos cruzamos sin saberlo.

Y todavía sigo mojado.


Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *