Un amigo que no conoces. Nunca te lo has cruzado.

Y aun así.

Había algo. Un hilo invisible tendido entre dos pantallas, dos mundos, dos formas de mirar las cosas que, casualmente, llegaron a coincidir. No sabría si llamarlo amistad. La palabra se queda pequeña y al mismo tiempo parece demasiado grande.

Era otra cosa. Era alguien que aparecía justo cuando lo necesitabas, sin saber que lo necesitabas.

Eso no se busca. Llega.

Y como suelen llegar las cosas importantes: sin avisar, sin pedir permiso, sin dejar que te prepares.

De pronto te encuentras con alguien que te lee de verdad.

Que escribe cosas que parecen escritas para ti aunque no sepa que existes del todo.

Que comparte un silencio, o una frase suelta, o una canción a las dos de la madrugada como quien deja una nota debajo de la puerta. Sin explicación. Sin necesitarla.

Eso también es querer a alguien. De otra forma. A distancia. A través del éter.

Y entonces un día… nada.

Un clic vacío donde antes había algo.

Un perfil quieto. Un silencio distinto al de siempre, porque este silencio es un presagio. No hay mensaje de despedida, no hay «hasta luego», no hay forma de cerrar lo que se había abierto.

Solamente ausencia. Repentina y sin marcos.

Y tú te quedas ahí, sin saber muy bien qué hacer con eso.

Porque no tienes un velatorio al que ir. No hay nadie que te pregunte cómo estás. La gente no entiende que se pueda llorar a alguien que nunca estuvo físicamente. Y sin embargo te está pasando. Lo estás sintiendo. Eso no puede ser mentira.

Hay pérdidas que no tienen protocolo.

Esta es una de ellas.

Me quedo a veces pensando en todas las conversaciones que no tuvimos. En todo lo que habría dicho si hubiera sabido que era la última vez.

Pero claro. Nunca se sabe qué es la última vez. Eso es lo cruel y lo hermoso a la vez: que siempre pensamos que queda más.

Nos vemos en el éter. Era una despedida habitual.

Ojalá el éter sea amplio y quieto, y se pueda estar en él sin prisa.

Ojalá haya allí una forma de seguir siendo, aunque sea así, sin cuerpo, sin nombre, sin conexión a nada.

Solo la misma sensación de cuando alguien te lee y entiende.

Eso.

5 comentarios

  1. Supongo que lo que reconcome es no saber el porqué de la ausencia cuando es repentina. Cuando de pronto, de la noche a la mañana, en el otro lado tan solo hay un muro impenetrable de silencio e invisibilidad. Puede ser cualquier cosa. La más de las veces cobardía y mala educación.

  2. La mayor parte de las ocasiones es así como tu dices. Pero en este caso concreto lo que suscitó este escrito ha sido la desaparición repentina de un compañero de Bloguers que intuimos que ha sido una ausencia irreversible.

  3. Debe de ser muy triste cuando se ha tenido esa amistad intuitiva, tácita, con ausencia de presencia y de palabras pero tan cercana que te puede dejar un vacío existencial. Pero como tú dices, sin poder llorar la pérdida, sin una reunión de despedida, sin que te pregunten cómo te encuentras. No puedes plasmar ese vacío de forma plausible. Y quedas como en una nube, un limbo, con tan solo el recuerdo. Lo has explicado muy bien.
    Un abrazo

  4. Que entrada tan hermosa, Javier. Las despedidas suelen ser tristes, pero esta ausencia sin despedida lo es todavía más. Miguel era una chispa de luz, una presencia que iluminaba sin esfuerzo, y ha dejado un silencio inmenso y un vacío imposible de llenar. Gracias.
    Un abrazo.

  5. Él así lo quiso….cómo él mismo decía, «sin dramatismo». Lo que has escrito Javier, es precioso. Precioso. Todo eso era él. Es… Porque para mí seguirá existiendo aunque físicamente no lo tengamos. No Cabrónidas, en este caso no es eso que dices, hay sitios desde donde nos llega una luz, pero no palabras. Mensajes, pero diferentes. Alguien que dio tanto no se va. ¡Vaya que se deja extrañar! Creo que nadie deja una huella así. O muy, muy pocos. En mi caso, es el único que he conocido.

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