Aquel día no le hice solamente una foto. Le di un lugar en mi vida, un “momento” que se hizo eterno.

Estaba donde siempre, o donde yo quise creer que estaba siempre: a la sombra de sus queridos  soportales, antiguos, con el río sonando cerca y el Vecchio rebosante de gente que seguía su camino sin apenas mirar.

El sombrero negro un poco caído.

El bigote gris susurrando tantas andanzas.

Los pies en sandalias, con calcetines, esa manera tan de andar por casa aún estando en mitad del mundo.

Y aquel acordeón enorme, apoyado en las rodillas como se apoya un animal manso.

No me miró a mí, yo era uno más de los que pasaban, pero a diferencia del resto, detuve mi camino y por un momento adoré aquella imagen.

El miraba hacia algún punto de la plaza, más allá del encuadre, como quien vigila una calle por la que tiene que venir alguien.

Yo accioné el botón de mi cámara. Y seguí caminando sin interrumpir aquel momento de su vida, feliz…

Los años hacen eso. Se llevan las tardes de julio y te dejan un archivo con fecha, un nombre de fichero en mayúsculas, un hombre parado en una luz que ya no existe.

Después, mucho después, una querida amiga pasó por allí.

Pero ya no estaba.

La esquina seguía en su lugar.

Las piedras seguían allí.

Los turistas, los mismos de siempre con otras caras.

Pero su sitio, su lugar, aquel donde él se sentaba estaba vacío, y ese vacío tenía su forma exacta.

En un primer momento da pena. Claro que te da pena.

Y a la vez hay algo casi bonito en no saber, a ciencia cierta, qué puede haber ocurrido. Porque mientras no sepas, él puede estar tocando en otro barrio, en otra ciudad, con las mismas sandalias. Puede haberse cansado. Puede haber vuelto a casa, donde quiera que fuese su casa.

El no saber también es una forma de dejarlo vivo.

Lo que sí sabes es esto: aquel mediodía sonaba algo. Un vals viejo, quizá. Algo que se colaba entre los soportales y llegaba al agua.

Yo, quizá con las prisas del momento, no lo escuché bien.

Y sin embargo, sigue sonando.


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