Te conozco.

Aunque lo verdaderamente extraño es que no debería.

No hemos compartido cocina, ni un domingo de resaca, ni el silencio de las seis de la mañana. No sé cómo suenas cuando descansas.

Y aun así.

Te conozco por lo que tardas en contestar cuando la pregunta va en serio.

Por ese «estoy bien» que llega demasiado rápido, como si lo tuvieras preparado de antemano.

Sé que mides al milímetro. Que antes de abrir una puerta calculas cuánto frío puede entrar por ella.

Nunca te he visto llorar. Pero he leído mensajes tuyos donde la coma estaba puesta con el pulso raro, y eso no pasa desapercibido.

 Cargas con historias, culpas y silencios que nunca debieron ser tuyos.

Lo llamas responsabilidad.

Yo sospecho que es otra cosa: la certeza secreta de que si sueltas, todo se cae.

Y no confías que haya alguien que esté ahí para recogerlo.

Te exiges lo que no le exigirías a nadie.

Consigues algo grande y al día siguiente, al minuto siguiente, ya te encuentras pensando en qué es lo que falta.

Dicen que eres fría, distante, difícil.

Yo creo que eres una casa con la persiana medio bajada. Se atisba la luz dentro. Solo que hay que quedarse un rato en la acera, acomodar la vista, y casi nadie tiene esa paciencia.

Eres terca.

Discutir contigo debe de ser lo más parecido a empujar una pared esperando que se canse.

Pero cuando decides que alguien importa, decides sin fecha de caducidad. Sin letra pequeña. Y eso, en estos tiempos, vale más que casi todo.

Vas despacio.

Hay quien se enamora un martes y al siguiente viernes no queda huella alguna.

Tú tardas meses en pronunciar una palabra grande, pero cuando por fin la dices, ya la has sostenido cien veces en la boca para comprobar que aguanta el compromiso que requiere.

No sé cómo eres en lo cotidiano.

No sé qué haces con tus manos cuando nadie mira.

Pero te conozco.

A veces conocer a alguien de lejos es la manera más honesta de conocerlo.

P.D.: Añoro a mi mejor amiga, esa con la que nunca he cruzado una palabra. 


2 comentarios

  1. Me ha gustado especialmente esa idea de conocer a alguien a través de pequeños detalles, incluso sin haber compartido realmente nada con esa persona. Tiene un punto de melancolía y de imaginación que recorre todo el texto. Y el final, con esa «mejor amiga con la que nunca he cruzado una palabra», le da sentido a todo lo anterior. Bonito texto, Javier.

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