Me preguntó qué me gustaba de ella.
Y me quedé callado más tiempo de lo normal.
Quizá esperaba, supongo, que dijera pues, lo de siempre.
Sus ojos.
Aquella sonrisa.
Lo típico, esas palabras que se dicen sin pensar, que caben en cualquier boca y realmente no significan nada.
Pero no era eso ni por asomo.
Lo que me gustaba de ella no se dejaba nombrar así, de golpe, con dos palabras.
Me gustaba cómo se quedaba dormida antes de terminar una frase.
Cómo dejaba media taza de café olvidada por toda la casa.
Su manía de oler los libros nuevos.
Aquel pie, congelado, que buscaba el mío por debajo de la sábana, incluso dormida, incluso enfadada.
Me gustaba aquella forma suya de llegar tarde a la risa, siempre un par de segundos después que los demás, como si el chiste tuviera que viajar un poco más allá para llegar hasta ella.
Nada de eso se dice cuando te preguntan qué te gusta de alguien.
Porque lo importante no se ve. Lo importante está escondido en una tarde cualquiera, en la manera en que alguien parte el pan, ese gesto mínimo que solo tú conoces.
Y yo lo sabía.
Sabía que lo que me gustaba de ella no era ella entera, sino todos aquellos mínimos detalles que solo existían cuando estábamos los dos, frente a frente. Cosas que ni ella veía en sí misma.
No conseguí explicárselo bien. Seguramente dije algo torpe, algo incompleto.
Ella se conformó, o quizá hizo como que se conformaba.
Pero la respuesta verdadera me la guardé.
La verdadera era esta: me gustaba de ella justo lo que no sabría echar de menos hasta que ya no estuviera.
Lo invisible.
Todo aquello que jamás se nombra.
Lo que ahora, algunas noches, sigo buscando con el pie por debajo de la sábana.
Y no encuentro.
