Te veo.

No como quien –solamente– mira, sino como quien reconoce algo que ya conocía de antes, aunque realmente no te conozco.

Es raro, difícil de explicar.

Estás ahí, haciendo algo intrascendente, –remueves el café– y yo te veo.

No la imagen, no la forma. Te veo a ti.

Hay gente que pasa por delante de nosotros toda la vida y no la vemos nunca. Y hay quien aparece un martes cualquiera, sin previo aviso, y de golpe se hace nítido. Como cuando ajustas el foco de una cámara vieja y todo lo demás se difumina a su alrededor.

Te veo cuando te ríes de algo que no tiene gracia, para no dejarme solo en el silencio. Te veo cuando finges que no te importa pero sí te importa. Te veo en lo que no dices, que siempre es más, mucho más, de lo que dices.

Y a veces pienso que ver a alguien de verdad da un poco de miedo. Porque ya no puedes dejar de ver.

Hay algo que se queda ahí, guardado, como un amuleto que atesoras en tu bolsillo y que tocas repetidamente sin darse cuenta.

Yo ya vi antes a alguien así. Y sé lo que es que una mirada así se quede sin dueño.

Sé lo que es seguir viendo a alguien en el aire vacío de una habitación, en una silla que ya no ocupa nadie.

Por eso, cuando te digo que te veo, no es solamente una frase bonita.

Porque ver a alguien es quedarse.

Y quedarse, ya lo sé, tiene un precio que se paga después, en silencio, cuando ya no hay nadie a quien mirar.

Pero aun así.

Te veo.


Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *