La imagen no está aquí. Está en ti.

Hay fotos que no se preparan, no se piensan. Se atrapan al vuelo.

El cabello mojado, el viento metiéndose donde quiere, la luz de frente como si el sol también quisiera mirarte a los ojos.

No hay pose. No hay nada impostado. Solo ese instante en el que alguien se gira hacia la cámara sin pensarlo, y el resultado es más profundo que cualquier retrato pensado durante horas.

Me fijo en esos ojos. Entornados, casi riendo, con esa mezcla de sol y de estar diciendo algo justo antes de que el disparo se hiciera. Como si aquella palabra se hubiera quedado a medio camino entre la boca y el aire.

El pelo esconde una pequeña porción de su cara. Y sin embargo, no esconde nada. Al revés: hay fotos donde lo que se tapa dice más que lo que se enseña.

Piénsalo, ¿cuántas veces pasamos por delante de un espejo, de una ventana, de una pantalla de móvil, sin detenernos? Y de pronto, un día cualquiera, con el pelo revuelto y el sol de frente, queda esto. Una versión nuestra que no controlamos del todo. Que simplemente… es.

Eso es lo bonito. Lo que no se ensaya.

A veces necesitamos vernos así, despeinados, con la luz golpeando de lleno, para acordarnos de que estar vivo también es esto: el viento en la cara, la sal en el pelo, y ese instante que no vuelve.

Y aunque la foto se quede quieta para siempre, algo en ella sigue moviéndose. El aire que la atravesó. La risa que empezaba.

Eso no lo captura ninguna cámara. Eso solo lo sabe quien estaba ahí.


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