Sin permiso para olvidar


Su vida era la de él.

No lo dijo como un bonito verso de canción. Lo dijo en serio. Había mezclado tanto las cosas que cuando ella se fue él no sabía qué costumbres eran suyas y cuáles las había tomado prestadas sin darse cuenta.

El café sin azúcar. El lado izquierdo de la cama. Ese programa de los domingos por la noche que nunca le había gustado, pero que siguió poniendo durante semanas después, solo por no notar tanto el silencio.

Cuando se fue, quiso odiarla.

Y dios, cómo lo intentó.

Buscó defectos. Los ordenó. Los repitió en voz baja como si fueran un conjuro. Se acordó de las veces que le dolió, de las discusiones que terminaron mal, de todo lo que nunca llegaron a resolver del todo. Construyó un caso. Lo presentó ante sí mismo.

No sirvió de nada.

Porque el odio, cuando es fingido, se nota. Y el suyo era tan falso que hasta le daba vergüenza pensarlo.

La verdad es que no podía odiarla. No porque fuera perfecta, sino porque era suya. Porque su forma de reírse cuando algo le parecía ridículo todavía le parecía lo más bonito que había visto nunca. Y eso no desaparece porque uno quiera. No funciona así.

Así que la dejó ir.

Sin odio. Con todo lo que duele cuando no tienes donde poner la rabia. Con esa sensación extraña de querer a alguien y saber que ya no puedes hacer nada con eso.

Su vida era la de él.

Y aquella pequeña parte nunca se va del todo.


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